2 de octubre de 2009

“Si tu ojo es ocasión de pecado, arráncalo……”


Mientras el país sigue siendo “la tierra del pan”, se va haciendo cada vez más profunda la brecha entre pocos inmensamente ricos y muchos excesivamente pobres”.

En el libro de los Números (11, 25-29), se nos proclama que con ocasión de la institución de los setenta ancianos que perpetuarán en el tiempo el espíritu que poseía Moisés, el espíritu de Dios se posa también sobre Eldad y Medad que aunque elegido, no habían concurrido a la tienda.

A pesar del intento de Josué por impedir que estos profetizaran, Moisés señala que no hay que obstruir su misión profética, ya que si Dios les comunicó su espíritu, se debe a que los eligió para esa misión manifestándose así que va más allá de las estructuras humanas y desciende sobre quien quiere, cómo quiere y cuándo quiere.

Moisés, de hecho, desea que el espíritu sea derramado sobre todo el pueblo, constituyendo esto un anuncio y presagio del espíritu del que hablará Joel (cap.3) y cuya efusión tendrá lugar el día de Pentecostés.

El Apóstol Santiago (5,1-6), continuando el Espíritu de Jesús, proclama la necesidad de escapar de las riquezas y sus variadas esclavitudes.

En nuestro tiempo, estas palabras, molestas por cierto, dejan al desnudo la tentación frecuente en la vida cotidiana del hombre de servir al dinero y su entramado de continuas injusticias.

Censura el apego a la riqueza y el colocar la esperanza y seguridad de la vida en aquello que es perecedero. El hombre ha de cuidarse de la trampa ilusoria de que la posesión de bienes le otorga certidumbre en el mundo.

El pobre de espíritu, el que utiliza las riquezas tanto cuanto lo llevan a Dios, y abre su corazón al hermano, en cambio, camina con la convicción que le da el fundarse en el único tesoro que es Cristo.

El apóstol recuerda la vanidad de acumular dinero en este tiempo final, ya que en un abrir y cerrar de ojos todo pasa y se destruye la felicidad que se pretende.

Lo realmente importante es acumular bienes para la Vida eterna, donde los bienes no son corroídos al no estar sujetos a la temporalidad pasajera.

La riqueza, precisa Santiago, muchas veces es amasada por medio de injusticias de todo tipo. Por eso se escuchan desde el cielo los gritos y lamentos de quienes fueron defraudados, engañados y estafados en sus bienes económicos.

Y así dice la Escritura que “el jornal defraudado a los obreros que han cosechados vuestros campos, está clamando contra vosotros, y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos”.

En el presente podemos comprobar en nuestra Patria, cómo van quedando al descubierto quienes han amasado fortunas copiosas a través de los negocios, del lavado de dinero, de la estafa sistemática que ha tenido como víctima, entre otros, a la atención de la salud humana. Mientras el país sigue siendo “la tierra del pan”, se va haciendo cada vez más profunda la brecha entre pocos inmensamente ricos y muchos excesivamente pobres.

El lujo escandaloso de algunos se pavonea ante la desnudez y miseria de muchos hermanos nuestros.

La Palabra de Dios nos asegura, no sin dolor, que de no mediar una sincera conversión y reparación condigna, concluirá este desenfreno en el cumplimiento de aquello profetizado por el apóstol –en consonancia con lo dicho en el Antiguo testamento por el profeta Amós- cuando afirma: “Os habéis cebado para el día de la matanza”.

En el Evangelio (9,37-42.44.46-47), Cristo luego de defender a quien “sin ser de los nuestros” -según los dichos de Juan- obra según el espíritu de Dios que ha recibido, dejando en claro que la actitud de Moisés tenida en el pasado era correcta, afirma que todo lo que se realiza en bien del prójimo por amor a Él tendrá su recompensa aunque más no sea un vaso de agua entregado servicialmente.

Pero esa bondad de Cristo se convierte en dura condena cuando se arrastra al hermano a la ruina espiritual.

Este daño recibe el nombre de escándalo. Etimológicamente este término equivale a la “piedra de tropiezo” que se coloca en el camino de quien ha optado por la realización del bien en su vida.

Siguiendo esta idea entendemos que toda persona que con su palabra, obra u omisión arrastra a otra al mal, es escandalosa.

Se trata de la intención oculta de promover el mal ocasionando que otra persona caiga en el pecado.

Se podrá preguntar qué juicio merece la persona que no tiene la intención de provocar al mal a otro a través de sus acciones malas.

En ese caso corresponde afirmar que tal persona se hace responsable de su obrar si no se ocupa responsablemente de evitar las consecuencias que del mismo se siguen, a lo cual todos estamos obligados cuando del bien espiritual del prójimo se trata.

Hay quienes fomentan a través de la mentira sistemática el odio a la Iglesia o hacia todo lo santo, y son escandalosos.

Muchos son los que con sus palabras, acciones y omisiones arrastran a otros al pecado de la venganza, de la violencia o a la indiferencia religiosa.

No pocos pudren las mentes de los niños y jóvenes con enseñanzas perniciosas por las que enaltecen todo lo vil e indigno de la persona humana, y son escandalosos.

Hay quienes promueven la cultura de la muerte de los por nacer, ancianos y enfermos, con falsas doctrinas, propaganda, estilos de vida e instituciones –como las clínicas para ello creadas- que empujan a las acciones homicidas más espeluznantes, y son escandalosos.

Otros explotan la debilidad humana como medio para enriquecerse promoviendo la pornografía, la prostitución y la drogadicción, y son escandalosos.

No pocos padres empujan a sus hijos a la delincuencia y a la vida fácil por la desidia y despreocupación, en lugar de conducirlos al aprecio de los valores, y son escandalosos.

La promoción del juego, creando falsas expectativas en los más pobres, con la consiguiente pérdida del fruto del trabajo, es un obrar escandaloso que ocupa cada vez más lugar en la sociedad.

Podríamos seguir con esta larga letanía sin que llegue a término la total descripción de cuánto mal se infiere a los más débiles, por diversos motivos, de la sociedad.

Al respecto, Cristo es terminante con los que provocan tanta ruina espiritual en la fe y el obrar del prójimo.

Y el Señor avanza más aún todavía al considerar que es necesario remover toda “piedra de tropiezo” en nuestro propio interior, ya sea del ojo –centro de todo mal deseo e intención- , de la mano –que describe la tentación de toda forma de posesión ilícita- , como del pie –que refiere a todo caminar torcido del corazón humano-.

Si el hombre desea entrar al Reino, es necesario que extirpe o venza cualquier impedimento que se le presente en el transitar de su vida.

En definitiva, Cristo quiere enseñarnos que para entrar en el reino de los cielos es necesario quitar toda realidad que sea ocasión de pecado para nosotros. Si tal costumbre o vicio es motivo de caída, necesita ser extraído como camino necesario para pertenecer a Jesús y su rebaño.

Se hace necesario, pues, que cada uno de nosotros que desea pertenecer a Cristo sepa cuál es su punto débil para extirparlo. Percibir si se trata del dinero, la lujuria, de la envidia, el orgullo, la hipocresía, el odio, la indiferencia religiosa, el desprecio y olvido del prójimo, la ira etc.

La exigencia tiene su razón de ser dado que es imposible servir a dos señores: a Cristo y al espíritu del mal.

Siguiendo el espíritu de Cristo sólo pretenderemos la realización del bien, alejándonos de todo aquello que nos convierta en instrumentos que empujen o tienten a otros a obrar el mal.

Venciendo nuestras propias debilidades –en cambio- ayudaremos a todos a buscar una vida que transite por la senda de la perfección evangélica.

Aún en medio de nuestras humanas debilidades, imperfecciones y pecados, confiemos en la gracia transformante de Aquél que vino a entregar su vida para hacer de nosotros hombres nuevos.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en torno a los textos bíblicos de la liturgia del domingo XXVI “per annum”, ciclo “B”. 27 de septiembre de 2009, ribamazza@gmail.com, http://ricardomazza.blogspot.com, www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-

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