26 de enero de 2016

“La Palabra de Dios configura al creyente con una identidad nueva, superando los engaños del mundo”


El domingo pasado reflexionamos sobre las Bodas de Caná y la presencia de Jesús en la celebración festiva. Fue la manifestación de su desposorio con la humanidad por medio de la Encarnación y posterior nacimiento entre nosotros como Hijo de Dios. 
Se hace presente así en la historia humana, restaurando la naturaleza caída por el pecado de los orígenes, y nos conduce como hijos adoptivos, al encuentro definitivo con el Padre.
Este desposorio  de Cristo con cada persona se realiza plenamente por el sacramento del bautismo, mediante el cual cada uno “nace de nuevo” ya que lo originado en el Espíritu es espíritu (Jn. 3, 3-7).
El bautismo nos constituye como único cuerpo de Cristo, la Iglesia, aunque cada uno posea una misión distinta, siempre para el bien de todo el cuerpo. 
En efecto, como el cuerpo humano tiene muchos miembros, también la Iglesia cuerpo de Cristo y, con la que Él se ha desposado, está formada por muchos miembros, de los que no es posible prescindir sin perjudicar al mismo tiempo a la totalidad, nos enseña san Pablo hoy (I Cor.12, 12-30).
Conformados como comunidad de creyentes, estamos llamados a vivir según  la persona de Cristo que nos convoca y otorga sentido pleno a nuestra existencia, por ser la “Palabra” viva del Padre que se nos comunica.
Esta unión con el Señor, que es Palabra, le da a la palabra misma de Dios la potestad  de configurarnos con una identidad nueva, que supera, si somos fieles a ella, a los atractivos de la sociedad mundana.
Remontémonos para entender mejor esto a la enseñanza del libro de Nehemías (8, 2-4ª.5-6.8-10). En  el año 445 a.C.  Nehemías llega a la ciudad de Jerusalén y se ocupa de reconstruir las murallas. Su mandato como gobernador dura hasta el año 433. El texto de referencia nos ilustra acerca de la convocatoria que posee la Palabra de Dios, proclamada y explicada por largas horas por el sacerdote Esdras. Palabra que provoca lágrimas de pesar por el pecado, conversión y gozo de los  presentes hombres, mujeres y quienes tienen capacidad de entender, asegura el texto bíblico. 
Como es día de fiesta se sigue al encuentro con Dios el de las familias entre sí,  alrededor de la comida sustanciosa y el vino de la alegría que se prolonga en el compartir con en el que no tiene.
¡Qué hermosa imagen de lo que debiera ser el domingo para los creyentes! Escuchar a Dios primero, “moldearnos” según su Palabra en orden a  saber vivir la semana que se inicia, para festejar después la alegría del encuentro divino con el compartir humano.
En consonancia con esto cantábamos en el salmo interleccional (18, 8-10.15) “Tus palabras, Señor, son Espíritu y Vida” recordando la perfección de la ley del Señor que reconforta el alma, que otorga sabiduría al sencillo de corazón, que ilumina al creyente, que permanece para siempre porque es la verdad, que  hace agradable a Dios  las  palabras  del hombre.
Sin embargo a pesar de este aprecio por la palabra de Dios descubierto en la revelación, tenemos que reconocer que en nuestro tiempo es poco lo que interesa y  se valora la ley de Dios, su Palabra iluminante de la vida humana.
Esta concepción de vida ha llevado a que la existencia humana toda, la vida relacional con los demás, transcurra sin ley, donde sólo interesa que cada uno haga lo que desea según el capricho del momento.
¿Es la Palabra de Dios la que ilumina el obrar humano? ¿No es acaso más importante la referencia a la cultura de este tiempo, a la moda del momento?
Cuando los jóvenes creyentes deciden “vivir en pareja”, poniendo “a prueba” el amor mutuo antes del casamiento, ¿se han dejado iluminar por la palabra divina para tomar esta decisión, o más bien se dejaron convencer por el parecer mundano de nuestros días?
Cuando el bautizado, sin ningún rubor, acepta “un trabajo” que nunca realiza, pero que sí “cobra” a fin de mes, ¿tiene en cuenta que es un pecado gravísimo contra la justicia y que deberá devolver lo mal habido? ¿Quién le aconsejó aceptar este modo de vida? Ciertamente que no fue el Señor.
Quien comulga tranquilamente en pecado porque “necesita a Jesús” o considera que el pecado ya cayó en desuso, ¿de quién recibió la formación cristiana? Ciertamente no fue de la enseñanza de la Iglesia.
¿Se tiene en cuenta que el obrar diario deja al descubierto nuestra falta de fe en Cristo Camino, Verdad, y Vida, o por el contrario somos coherentes con el amor a Jesús que decimos tener y sus enseñanzas realizando el bien?
Todas estas enseñanzas nos han de llevar a replantear nuestra forma de pensar, de creer y de obrar, asumiendo que el criterio de fe y de obrar lo encontramos en la persona y palabras del Señor, dadas a conocer por la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.
Imbuidos por la verdad que proviene del Señor podremos hacer realidad como Él lo hizo al aplicar a su Persona, las palabras del profeta Isaías (Lc. 1, 1-4; 4, 14-21) “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”.
Reconociendo que el Espíritu del Señor está con nosotros por la unción del bautismo, tendremos la luz necesaria para iluminar la existencia de quienes todavía no perciben la verdad, y poseeremos la fortaleza de lo alto para acercarnos a los demás, ayudando a la liberación de la cautividad del pecado, y de toda clase de esclavitud.
Hermanos: no tengamos miedo de comparar nuestras ideas y acciones con la Palabra de Dios, siendo capaces de cambiar cuando la verdad de la vida lo requiera, para nutrirnos sólo de lo que nos permite transitar en este mundo hacia la verdad total que nos espera al final del camino terrenal.


Padre Ricardo B. Mazza. Párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el 3er domingo durante el año, ciclo “C”, 24 de enero   de 2016. http://ricardomazza.blogspot.com; ribamazza@gmail.com.- 


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