El mismo día de la resurrección por la tarde, acontece este hecho que acabamos de proclamar, el de los dos discípulos que se dirigen a Emaús, que están tristes y comentando entre ellos lo que ha pasado.
Con Jesús que camina a la par de ellos sin que lo reconozcan, relatan los últimos acontecimientos acerca de la pasión y muerte de Cristo, reconocen que algunas mujeres afirman haberlo visto resucitado, pero en verdad no les creen, por lo tanto están desilusionados. (Lc. 24,13-35), afirmando que esperaban otra cosa.
¿Qué esperaban? "que fuera Él quien librara a Israel" ,es decir, que fuera el Mesías político que rescatara a Israel de la opresión romana.
En definitiva, los embarga no solamente la tristeza, sino también la falta de fe, ya que no habían comprendido cuál es la misión de Jesús en este mundo, y seguían pensando en soluciones políticas, mientras que el Hijo de Dios fue enviado por el Padre para que, muriendo en la cruz, redimiera al hombre del pecado y de la muerte eterna.
Esto es lo que asegura justamente san Pedro, que en la segunda lectura recuerda que fuimos rescatados no con bienes efímeros, como es el oro o la plata, sino con la sangre de Cristo, "el cordero sin mancha y sin defecto, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos para bien de ustedes" (I Pt. 1, 17-21).
De manera que nuestra mirada tiene que orientarse siempre a contemplar el misterio de la divinidad de Jesús, porque cuando en la vida cotidiana nos asalta la duda o el peligro de perder la fe, es porque contemplamos a Jesús en cuanto hombre, mirada totalmente equivocada, sin reconocer el poder que posee como Hijo de Dios.
Por eso contemplar al Cristo resucitado es contemplar a la divinidad que se ha escondido durante la pasión y muerte, pero que ahora resplandece en toda su plenitud, señalando que está vivo para nosotros, para nuestra existencia.
Cuando estos dos hombres llegan cerca de Emaús, se detienen en el camino. El texto no lo dice, pero se deben haber encontrado delante de una posada, y entraron a tomar algo, a comer algo. Y Jesús amagó con seguir caminando, pero le dijeron, "quédate con nosotros, Señor. El día ya termina, se viene la noche".
Sin darse cuenta, están suplicando algo muy importante: "Tú que nos acompañas en el camino de la vida, no nos dejes en la noche oscura de la tribulación y de la duda de fe. Quédate con nosotros. No sigas tu camino. Sin ti nada podemos hacer".
Como el mismo Jesús lo afirma en el capítulo quince de San Juan, lo necesitamos en nuestra vida cotidiana, porque su presencia es la que le da sentido a nuestro caminar, y con su compañía, somos capaces de vencer las tristezas, las dudas que nos asaltan tantas veces en el camino de la vida.
Y ciertamente que lo descubrimos como estos dos discípulos en el partir el pan, o sea, en la eucaristía, es allí donde se hace patente el misterio de la divinidad de Cristo. Precisamente, en la historia de muchas conversiones a la Iglesia Católica, advertimos que se producen en el contacto con la Eucaristía, aunque estemos viviendo en un mundo donde la fe prácticamente no existe.
Hemos de recuperar el sentido del domingo, de la misa dominical, sentirnos llamados por la Eucaristía, por la fracción del pan, recibida en comunidad para nuestra salvación.
Lo ha recalcado en estos días el Papa León, la importancia de vivir el domingo afirmando nuestra adhesión al resucitado.
Si Cristo no resucitó para muchos, como el mismo San Pablo lo dice, vana es nuestra fe. Entonces, ¿para qué ir a misa? ¿Para ir a ver un espectáculo?
Si se ha perdido la fe es justamente en la eucaristía, en la fracción del pan, como se recupera y se ve con claridad la presencia del Hijo de Dios.
Estos dos hombres que no terminan de entender lo que sucede con ellos, descubren a Jesús en el partir el pan.
De manera que es la Eucaristía la que abre el corazón de los incrédulos, afirma el pensamiento de los que dudan, es fortaleza de los que se sienten débiles en este caminar hacia la patria celestial. Estos hombres vuelven a Jerusalén, dando testimonio de lo que aconteció con ellos.
Ya no hablarán partiendo del testimonio de otros, sino de ellos mismos, y nosotros también estamos llamados a dar testimonio de Cristo resucitado.
Seamos humildes y digámosle a Jesús: "Ven a caminar con nosotros, acompáñanos, Quédate con nosotros, porque nuestra vida declina si tú no estás presente. Que te veamos en el partir el pan, que contemplemos tu estar con nosotros"
A su vez, un signo más de la presencia amorosa del resucitado es que nos entrega su madre, María Santísima.
Precisamente, estamos celebrando la peregrinación anual al santuario de la virgen de Guadalupe. Esta peregrinación a través de la cual el pueblo santafesino recuerda a su patrona, la madre del cielo, y se cobija en el amparo de la madre del salvador, que es también madre nuestra.
Por eso, pidámosle, al Señor que, junto a Él, esté también presente en nuestra vida su madre, para que nos asistan, protejan y enseñen a caminar con la seguridad de que nos dirigimos hacia la patria celestial.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el Tercer domingo de Pascua. ciclo A. 19 de abril de 2026

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