Reveladora es la primera oración de la misa: "Señor, Tú que manifiestas principalmente tu poder en el perdón y la misericordia", concédenos vivir confiados en tu amor y así alcanzar los bienes que prometes y participar de la alegría eterna.
Contrariamente a lo afirmado, ¿Cuántas veces creemos que perdonar y ser misericordioso es un signo de debilidad? Y es todo lo contrario.
Por eso, Dios es infinitamente misericordioso y perdona, porque es poderoso, y como tal, no se deja llevar por los impulsos, los vaivenes de la vida, como sucede con nosotros.
Y, por lo tanto, como la misma Escritura destaca muchas veces, el Señor domina su ira cuando contempla el arrepentimiento del pecador.
En este contexto, el profeta Ezequiel (18,25-28) señala que es importante crecer en la conciencia de la responsabilidad personal, porque en la Biblia, al principio, más bien la obra, el quehacer del ser humano, estaba atado a leyes, a costumbres del clan o de la familia comunitario de la cual provenía.
Y, entonces, según ese encuadre, pecaba o hacía el bien.
El profeta Ezequiel, en cambio, insiste en la responsabilidad personal y tomar conciencia de los actos realizados.
Por eso dirá, como portavoz que es de Dios, que si el justo deja de hacer el bien para hacer el mal, todo lo bueno que ha hecho no le sirve para nada, no se le tendrá en cuenta, sino que será juzgado por su mala obra.
De hecho, la Iglesia enseña que cuando pecamos perdemos los méritos adquiridos hasta ese momento, y solo los recuperamos en todo o en parte conforme a cómo sea el grado de nuestro arrepentimiento.
Cuando el malvado, en cambio, se arrepiente de su pecado y comienza a obrar el bien, Dios no le tiene en cuenta el mal realizado, sino solamente el bien en el que está abocado.
A su vez advertimos que en estas dos actitudes se aplica el texto del evangelio que proclamamos (Mt.21,28-32).
Se trata del hijo que dijo que sí al padre que le pide que trabaje en la viña, pero que no cumple con su palabra, y el hijo que dijo no, pero se arrepiente y cumple con lo pedido.
El que dice no, es el que opta primero por el pecado, por alejarse de Dios, por independizarse de Èl, como el hijo pródigo del evangelio, pero luego cae en la cuenta del mal que ha hecho y retorna a la casa del padre.
El que ha dicho sí, pero no va, es aquel que se compromete en hacer el bien, pero después termina descarriándose y eligiendo la realización del mal.
Por eso nosotros tenemos que ir viendo siempre cuál es nuestro proceder en cada momento.
Y así, contemplamos, que el pueblo de Israel, dijo que sí a Dios en la alianza del Sinaí, pero después se echaron atrás y no reconocieron al Mesías, reclamo que Jesús les está haciendo a los sacerdotes y ancianos del pueblo.
Los paganos, en cambio, han dicho que no, porque se quedaron en el culto a los ídolos, pero, en definitiva, después, tocados por la gracia de Dios, por la predicación, dijeron que sí, y se encontraron con Jesús.
El mismo Jesús pone como ejemplo situaciones concretas, indicando que los publicanos y las prostitutas van delante hacia el Reino de Dios, porque ellos vivían en el pecado, pero escucharon el mensaje de Juan Bautista y se convirtieron.
En cambio, los jefes de los judíos, no creyeron en lo que Juan les transmitía, prefiriendo seguir en el error, en el rechazo a la persona del Mesías.
Ahora bien, ¿Cómo nosotros solucionamos la tentación, y vencemos la de decir que sí, pero después decir que no? ¿Cómo hacemos para no dejarnos encandilar por la maldad, por el pecado, y seguir arrastrándonos en medio de nuestras culpas sin redención alguna?
San Pablo enseña que el camino para lograr esto implica tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Fil.2,1-5)
De manera que si seguimos la exhortación de san Pablo, y buscamos parecernos màs a Cristo, creciendo en la caridad para con el prójimo, podremos avanzar como hijos de Dios y estar seguros de llegar a la meta que se nos promete.
Al poseer los mismos sentimientos de Cristo, comprenderemos mejor que Dios manifiesta principalmente su poder en la misericordia y el perdón.
Cuanto más imitemos al Señor, más misericordiosos seremos y más pronto también perdonaremos las ofensas recibidas, como el Señor es pronto en perdonarnos.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXVI del tiempo litúrgico durante el año. Ciclo A. 27 de septiembre de 2026

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