24 de diciembre de 2008

María y la centralidad de su vida en Dios


Centremos nuestra vida en El para ser liberados de todo lo que nos impide ser señores, con el señorío de aquel que tiene dominio sobre sí y no es esclavo de nada ni de nadie, con la libertad de los hijos de Dios”.

El rey David agradecido por los beneficios de Dios, planea edificar un templo al Señor. El profeta Natán alienta en un primer momento al rey para realizar su proyecto, pero Dios también a través del profeta, le dirá a David que Él tiene otros planes, reserva este honor al pacífico Salomón. No construyas, te he bendecido en esta tierra,-parece decirle Dios- y te bendeciré en tu descendencia con la permanencia perpetua de tu reino, pero será otro quien construya el templo de Jerusalén, que será la casa de Dios en la que habitará el Arca de la Alianza.
A través de este medio, Dios le está anticipando el cumplimiento de la promesa del Mesías, que habitará en la nueva Arca de la Alianza. Justamente la Virgen María es recordada en las letanías como Arca de la Alianza por que en ella habitará el Hijo de Dios hecho hombre, porque en Ella se irá gestando la humanidad de Cristo que se unirá a la divinidad en la persona del Hijo de Dios.
Este templo que Dios ha preparado en el Antiguo Testamento está anticipando el otro templo, el de María que fue preparada desde toda la eternidad.
En la fiesta de la Inmaculada que hace poco celebramos, recordábamos como Dios la preparara liberándola en su concepción de la mancha del pecado original, en virtud de su elección como Madre de Dios.
En este cuarto domingo de Adviento la encontramos a Ella con sencillez, en el silencio, recibiendo al ángel enviado por Dios Padre.
Le dirá San Gabriel “Alégrate llena de gracia”, tú ya estás plena de la gracia de Dios. Alégrate porque fuiste elegida para ser Madre del salvador.
Y el ángel le va anunciando cómo a su Hijo le ha de llamar Jesús, que es Hijo del Altísimo, que es descendiente de David, enviado para liberar al Pueblo. En fin todas las prerrogativas propias del Mesías tanto tiempo esperado.
Y María preguntará “¿cómo será esto ya que no conozco a ningún hombre?
Y a partir de ese momento Ella se pone a disposición de Dios, aunque no sepa cómo se realizará el plan de Dios sobre Ella.
Aún en medio de la oscuridad de la fe, -porque siempre vivir de la fe es vivir en un ámbito de ya, es decir de luz, pero también de todavía no, es decir de oscuridad- María se pone totalmente en manos de su Creador.
Ella nos enseña de este modo que la fe hace que nos aferremos a Dios, quien es el único que fundamenta nuestra vida.
María pregunta ¿cómo será esto?, y enseguida se dispone a lo que Dios quiera, y cuando el ángel le explica concluye diciendo “Soy la servidora del Señor”.
A partir de ese momento ya no quiere averiguar nada más, ya no está pensando en cómo iba a ser liberada del escándalo social en ciernes que se le presentaba al estar embarazada antes de convivir con su esposo José. No se preocupa por eso, sino que deja que Dios actúe.
Actitud de María de total disponibilidad que hemos de imitar, ya que Ella pone la centralidad de su existencia en Dios.
No le preocupa lo que sucede a su alrededor, sino que tiene una escala de valores que le hace darse cuenta que sólo Dios ha de ser el centro de su vida, en sus manos ha de dejarse moldear interiormente.
De hecho ¿en qué mejores manos puede estar el hombre que no sean las de Dios?
Sólo El es nuestra fuerza, el único que da sentido último a nuestra existencia. Y María se acoge al plan de Dios, a lo que El disponga, no pone condicionamientos, no pone trabas, ni piensa si podrá o no con lo que se le anunció.
“El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” -es su reaseguro-.
Deja obrar a Dios pero es consciente que se requiere de la respuesta de su libertad, ya que El que nos ha creado sin nosotros –como dice San Agustín- no nos salva sin nosotros.
Y por analogía podemos decir que Dios que creó a María y pensó en ella como madre del Salvador necesitaba de su sí.
De allí se explica que San Bernardo escriba refiriéndose a este hecho que es ineludible que María preste su asentimiento.
Recuerda cómo el mundo gime de pecado, de dolores, de miserias, e insistirá:”Consiente María….”
Mira al viejo Adán y a la vieja Eva que dieron lugar a tantos males en el mundo. Di que sí para que nazca el nuevo Adán y tú te transformes en la Nueva Eva.
¡Qué hermosa enseñanza! ¡Cuántas veces el Señor requiere nuestro consentimiento para hacer grandes cosas en el corazón humano! Nos pide disponibilidad del corazón, entrega, mansedumbre.
¡Cuántas veces Dios nos persigue para que comprendamos que El tiene que ocupar el primer lugar en nuestras vidas., y cuántas veces nosotros desoímos su llamado!
Aturdidos por los estruendos del mundo, encandilados por los espejismos inalcanzables de fatua felicidad que aparecen en la vida, ilusionados por fantasías del momento, nos perdemos aquello que es el fundamento de nuestra vida.
Y María a pesar de lo que le tocó vivir en su vida, sus pruebas, fue profundamente feliz, llena de gracia y felicidad, con esa felicidad que sólo puede dar el buen Dios.
El mensaje que nos deja este cuarto domingo de Adviento es: vayamos como Ella al encuentro de Jesús, y pongamos como centro de nuestra vida al Señor que nace, presentándole nuestras miserias, nuestras limitaciones y pecados, pero con el ánimo de transformarnos, de cambiar y de nacer de nuevo a la vida de la gracia que a manos llenas Dios quiere introducir en nuestra existencia.
¡Qué diferente sería el mundo si Dios fuera el centro de nuestra vida y viviéramos según esto!
Si Dios iluminara nuestra vida desde el amanecer hasta el anochecer, cambiaría no sólo cada uno individualmente sino la sociedad toda.
Cuántas veces nos preguntamos acerca del sentido de nuestra vida, nos angustiamos por los problemas que nos rodean, pensamos en la inutilidad de nuestra vida personal.
Y esto es así ya que mi vida para nada sirve si no cambio, si no vivo una existencia diferente.
Tenemos la respuesta en el mismo Jesús que ya viene a nosotros. Centremos nuestra vida en El para ser liberados de todo lo que nos impide ser señores, con el señorío de aquel que tiene dominio sobre sí y no es esclavo de nada ni de nadie, con la libertad de los hijos de Dios.
Si pretendemos ser libres, liberándonos de Dios, nunca lo seremos, por el contrario permaneceremos siempre esclavos de nosotros mismos.
Pidamos al Señor esta gracia, y como María digamos he aquí el servidor o servidora del Señor.
Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Pquia “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia del IV domingo de Adviento (II Sm.7, 1-5.8b-11.16; Lucas 1,26-38). 21 de Diciembre de 2008.
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