"¡Raza de víboras, ¿Quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca?", exclama Juan Bautista cuando muchos fariseos y saduceos acuden para ser bautizados, porque conoce que sólo lo hacen para aparentar, no están convertidos seriamente, o sienten curiosidad por el hecho que se realiza en el Jordán (Mt. 3,1-12).
Esta impostura también puede darse en nuestra vida cotidiana, cuando aparentamos que creemos y esperamos la venida del Señor, pero no existe una conversión verdadera ante la certeza de la venida del Hijo de Dios hecho hombre, o la diferimos para el futuro.
Juan Bautista grita en el desierto, lugar del encuentro con Dios, pero también acontece que en el desierto nadie escucha, como sucede cuando la Iglesia clama reclamando la conversión personal mientras el común de los mortales está en la frivolidad existencial.
Porque no pocos están pensando en otra cosa, o piensan que no necesitan cambiar de vida, convertirse, o buscar una santidad más plena, ya que eso pertenece al pasado, o no comprenden que la venida de Jesús transforma la vida humana como recuerda Isaías.
El tiempo de adviento es una gracia que Dios otorga a cada uno de nosotros, ya que abre nuestro corazón para esperar expectantes la segunda venida de Cristo, y, por lo tanto, vivir de otra manera.
Sin embargo, a veces esa conversión tarda, porque estamos tan anquilosados en nuestras costumbres, en nuestros modos de vivir, en una tranquilidad de vida aparente, que no pensamos en una conversión, en un cambio, porque es siempre un momento en que se nos mueve el piso, y pareciera que perdemos toda seguridad.
Porque Cristo, justamente, vendrá para salvarnos esperando que nos convirtamos, que se produzca una verdadera metanoia, cambio de mentalidad que se traduzca en acciones nuevas y santas, huyendo de la comodidad existencial para buscar la novedad del evangelio.
Con su estilo de vida, el mismo Juan Bautista nos invita a una existencia austera, a alejarnos del lujo, y de las vanidades de este mundo, a no tomar como absoluto todo lo que es relativo y pasajero, señala que las cosas de este mundo no nos dan seguridad alguna.
El ser humano en la actualidad se enloquece por tener màs, por disfrutar mas de los bienes materiales y se encuentra en cambio cada vez màs vacío, desconforme de la vida terrenal,
Por eso es importante preguntarse, en este tiempo de adviento, ¿en qué tengo que cambiar? ¿En qué tengo que mejorar? ¿En dónde estamos parados y qué hemos de buscar para el acontecer diario.
Preguntarnos qué deuda tenemos con el Señor, o con el prójimo que no consideramos como hermano, reflexionar sobre el hecho que el adviento es, por lo tanto, un tiempo de gracia que prepara para actualizar la primera venida de Jesús, mirando desde allí la segunda venida que esperamos como encuentro definitivo con el Señor.
Mientras esperamos al Señor, por lo tanto, según exhorta San Pablo (Rom. 15,4-9) hemos de tener hacia el prójimo los mismos sentimientos que tenía Jesús por lo que hemos de acoger a los demás como el Señor nos acogió para la gloria de Dios porque "Cristo se hizo servidor de los judíos para confirmar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas que Él había hecho a nuestros padres, y para que los paganos glorifiquen a Dios por su misericordia".
Cristo es el retoño que nace de las raíces del tronco de Jesé (Isaías 11,1-10) que creíamos muerto, y "sobre él reposará el espíritu del Señor; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor, y lo inspirará el temor del Señor".
Su venida implicará la vigencia de la justicia para todos los pueblos porque "Aquel día, la raíz de Jesé se erigirá como emblema para los pueblos: las naciones la buscarán y la gloria será su morada".
El Señor ya viene a nosotros, ¡que nos encuentre preparados!.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo segundo de Adviento ciclo "A". 07 de Diciembre de 2025.

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