31 de julio de 2010

“El poder intercesor de la oración ante el Padre”


Los textos bíblicos de la liturgia de este domingo ponen el acento en el poder intercesor de la oración.
En el Antiguo Testamento (Génesis 18,20-32) con ocasión del castigo inminente de las dos ciudades pecadoras Sodoma y Gomorra, Abraham asume el papel de intercesor delante de Dios, tratando de disminuir sus exigencias colocándose como defensor de los pecadores y usando como argumento que en virtud de la existencia de justos, de personas que hacen el bien, no hay porque castigarlos a todos, pagando justos por pecadores. O sea, que en virtud de la presencia de algunos justos sean perdonados todos.
Dios se conforma con la presencia de al menos cincuenta justos en un principio para perdonar a las dos ciudades, pero ante la insistencia de Abraham, se acuerda que con diez personas justas podrán todos merecer la misericordia divina. La desilusión no puede ser más cruel ya que ni siquiera se llega a ese número exiguo quedando Abraham sin argumento y, Sodoma y Gomorra marcadas por el vicio son aniquiladas por el fuego.
En el Antiguo Testamento si bien Dios sancionaba al pueblo elegido por su infidelidad, siempre en virtud de la probidad del “resto” de Israel, es decir de la bondad de un pequeño grupo de fieles, se culminaba con la misericordia del Dios de la Alianza sobre todo el pueblo. En este hecho encontramos un anticipo de lo que se daría luego en el Nuevo Testamento.
En efecto, en la Nueva Alianza nos encontramos con la presencia de Jesús. Ya no son necesarias diez personas justas para librar a una multitud de sus pecados, sino sólo el Hijo de Dios hecho hombre, el justo con mayúscula, Cristo nuestro Señor, Aquél que es enviado por el Padre para salvarnos, reconciliarnos entre nosotros y con Él y comenzar una nueva vida.
Por eso el apóstol san Pablo (Col. 2, 12-14) nos dice que en la cruz fue clavada el acta de condenación de toda la humanidad, porque por la muerte del Señor fue realizada nuestra salvación. Queda patente por ello que la misericordia de Dios sigue mirando con afecto la justicia de unos pocos.
De allí que en virtud de que el justo por excelencia murió por todos, a lo largo de la historia humana se va repitiendo ese regateo entre los “nuevos” Abraham - los buenos de cada tiempo histórico- y Dios.
El Padre Eterno detiene la mano de la justicia gracias a tanta gente buena que a lo largo de la historia humana ha pasado por este mundo haciendo el bien tratando de agradar a Dios como buenos hijos suyos.
Nosotros mismos lo percibimos a nuestro alrededor. ¡Cuántas veces hemos pensado o hemos dicho, que en lugar de morir tanta gente buena por qué Dios no se lleva a los que hacen el mal! Es que gracias a la muerte del justo, del que hace el bien, se han salvado los que ofenden a Dios o están separados de Él.
En efecto, ¡cuánta gente ofrece su vida, su dolor, su sacrificio cada día, por la conversión de su familia, de sus parientes y amigos, de aquellos que se ama de corazón, e incluso de aquellos que no conoce!
En este sentido, tenemos por ejemplo, la figura de santa Mónica que derramando lágrimas durante mucho tiempo y, ofreciendo sacrificios por su hijo Agustín obtuvo la gracia de la conversión para él.
Como ella, a lo largo de la historia humana, son muchos los que se han ofrecido y se ofrecen por la salvación del mundo y por la conversión de los pecadores. Y este ofrecimiento siempre tuvo su efecto en virtud de que el Santo por excelencia, Cristo, clavó en la cruz el acta de condenación de la humanidad toda.
Esta transformación en la vida humana y la asunción de nuestra parte del papel de intercesores ante Dios, nos permite llamarlo “Padre”, por eso la oración que Jesús transmite a sus discípulos está referida precisamente al Padre suyo y de cada uno de nosotros (Lucas 11,1-13), y es por tanto modelo perfecto de súplica para dirigirse a Dios en todo momento.
Esta plegaria que quizás, por repetida tantas veces, va perdiendo peso e importancia en nuestra vida, fue sin embargo desde el principio de la historia de la Iglesia, guardada celosamente como un tesoro peculiar.
De allí que los catecúmenos en nuestros días – como antiguamente- cuando se preparan para el bautismo el día de la vigilia pascual, reciben previamente escrita la oración del Padre Nuestro.
Una vez bautizados, en la antigüedad, los neófitos reconociendo que habían sido purificados de sus pecados, levantaban las manos hacia el cielo con lágrimas en los ojos, pero con una sonrisa profunda en los labios, diciendo por primera vez: ¡Padre!
Al iniciarse en la vida de la Iglesia, el recién bautizado experimentaba el hecho de ser hijo dilecto del Padre por medio del sacramento del bautismo.
El Dios que aparecía muchas veces lejano, el Todopoderoso, el Creador, el totalmente Otro, y que sigue siéndolo, aparece con la figura de la paternidad más cercano al hombre. Se sentía el neófito profundamente tocado por esa verdad, sabía que ya no caminaría solo por este mundo, ya que estaba acompañado por el Padre, por aquél que lo había elegido desde toda la eternidad como hijo suyo.
Ahora bien, todo don recibido se prolonga con una tarea a realizar.
Así lo entendía el recién bautizado, y hemos de intentarlo también nosotros, velando para que el nombre del Padre sea santificado.
Y, ¿qué significa ser santificado? Santificamos el nombre del Padre trabajando para ser nosotros santos. El mismo Jesús lo dice en una oportunidad “Sean santos como el Padre Celestial es Santo” (Mateo 5,48). Descubrimos de esa manera que estamos llamados para la santidad que no es imposible de alcanzar y vivir con la ayuda del Señor.
En este camino de santidad el hombre logra su perfección, ya que no estamos llamados a la chabacanería, o a lo que nos llena de vergüenza como recuerda San Pablo, sino convocados a vivir la grandeza de hijos de Dios y poder llamarlo Padre.
Pero esto nos vincula con los demás hijos del Padre, con los hermanos, por eso en esta oración pedimos que Dios nos perdone como perdonamos a nuestros hermanos. De hecho el mismo Jesús nos enseña que para obtener el perdón del Padre hemos de perdonar a los hermanos.
¡Cuántos en este mundo se debaten en medio del odio a su familia, o a los que fueron amigos, o a otras personas! Es porque no han descubierto que su filiación es también la filiación del otro, y como yo llamo a Dios Padre, también los otros deben llamarlo de la misma manera.
Tenemos un único Padre que no hace acepción de sus hijos, porque a todos llama por igual a la plenitud y, para alcanzarla, envió a su Hijo hecho hombre a entregar su vida en la Cruz. Descubrir la paternidad divina nos lleva a descubrir la filiación de cada uno de nosotros y la realidad de que somos hermanos en el único Hijo, Jesucristo.
En su paternidad, el Padre entrega sus dones con abundancia a todos, “danos el pan de cada día”. Pan material para el sustento del cuerpo, pero también el pan de su palabra, el pan que hemos de compartir con los otros. El pan del consuelo, del consejo, del amor, de la amistad, de todo aquello de bueno que el Señor siembra en el corazón de cada uno.
De ese modo, hermanados con todos podemos caminar a la meta del encuentro definitivo con el Padre, el cual nos entrega su gracia para luchar y vencer las tentaciones de este mundo. No pedimos librarnos de la tentación, sino de no caer en las mismas. Hijos de Adán somos, tentaciones tenemos, pero podemos superarlas con la ayuda divina para llegar al reino futuro prometido viviendo aquí el Reino inaugurado por el Señor con su presencia entre nosotros.
En la oración hemos de pedir no sólo por nosotros, sino por los demás, los que están equivocados o viven en el pecado, los que tienen como modelo de vida no el seguimiento de Cristo, sino lo que los denigra como hijos del Padre.
Pedir con insistencia, golpeemos, supliquemos y encontraremos, pero siempre requiriendo aquello que implica ir creciendo en esta amistad con el Padre y la vida cristiana, no pedir lo que es inconveniente para nosotros. Como el chico se enoja cuando el padre no le da lo malo que pide, así también el Padre del cielo no nos da lo que no nos conviene, produciendo muchas veces nuestra incomprensión para con Él.
De allí que en su negativa estamos percibiendo una enseñanza muy buena: pedir sólo lo que conviene a nuestra salud espiritual, y lo que nos permite unirnos más al Señor en primer lugar, y Él se encargará de otorgarnos la “añadidura” que necesitamos en el orden temporal, en segundo lugar.
Por la experiencia de Dios que tenemos en esta liturgia, pidamos a Jesús que nos siga enseñando, solicitemos que siempre seamos fieles a lo recibido para llevarlo a la práctica cada día.

Cngo Ricardo B. Mazza. Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el domingo XVII durante el año, ciclo “C”. 25 de Julio de 2010.
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com.ar/tomasmoro; http://grupouniversitariosanignaciodeloyola.blogspot.com.-

23 de julio de 2010

De la contemplación del Señor a la fortaleza de la acción.


“Felices los que guardan la palabra de Dios con un corazón bien dispuesto, y dan fruto gracias a su constancia” (Cf. Lc. 8,15), cantamos en la antífona aleluyática previa a la proclamación del evangelio. Promesa de felicidad que el Señor hace a toda persona que se dispone interiormente para escuchar a su Dios. Ahora bien, este querer guardar la palabra de Dios que fructifica en el corazón del hombre ya comienza a vislumbrarse en el Antiguo Testamento.
Abraham ha reservado en su interior la promesa del Señor que tendría un hijo (Gén.15), esperándolo confiadamente a pesar de las dificultades. Seguirá con su misma forma de hospitalidad hacia el Señor, representado en estos tres hombres que se acercan a él, y que según los Padres de la Iglesia son un anticipo de la Trinidad, revelada plenamente en el evangelio. Abraham los recibe y se entrega totalmente a través de los dones que prepara como signo de hospitalidad ante quienes vienen a su encuentro. Por medio de uno de ellos se le asegura que el niño nacerá un año después.
Abraham escuchó la palabra, la guardó y fructificó a su tiempo. Por eso no es de extrañar la actitud de Sara que al escuchar la ratificación de la promesa para después de un año se va reír pensando en la imposibilidad de esto a causa de la vejez de ambos, como señala a continuación el relato bíblico (cf. Gén. 18,12). Ella no había guardado confiadamente en su corazón la promesa hecha por el Señor, y por eso es incapaz de creer.
Le sucedió lo mismo que a Marta, esta mujer que recibe a Jesús en su casa. Tanto una como otra, ocupadas en los quehaceres de la casa no caían en la cuenta de la necesidad de guardar la palabra de su Señor.
En sí mismo no está mal preocuparse por las tareas domésticas. Pero Jesús quiere llamar la atención sobre algo muy común en la naturaleza humana. En efecto, vivimos a las corridas, todos los días detrás de las preocupaciones, de los proyectos, de las limitaciones nuestras, de lo que va a venir, de un futuro que no sabemos si vamos a alcanzar, de un pasado que ya no existe, de un presente que nos atiborra de noticias, de situaciones y de problemas y que inquietan el corazón. Jesús por el contrario nos invita a recoger nuestro espíritu cada día para prepararle lugar en nuestro corazón.
Cuando venimos a la Iglesia el domingo, a celebrar la Eucaristía, a ofrecer el sacrificio del Señor al Padre junto con el nuestro, acudimos a encontrarnos con Él, que quiere entrar en nuestra casa, en nuestro hogar, en nuestro corazón y nuestra vida. Él quiere que lo escuchemos, que dejemos nuestras preocupaciones atrás, que no nos interesen el celular o los mensajes de texto, o lo que nos tiene sacados y olvidados de atender la única voz que vale la pena percibir siempre, la suya.
Por eso Jesús dirá a Marta que se inquieta por muchas cosas y que María ha elegido la mejor parte que no le será quitada.
Porque de hecho en esta vida nosotros perdemos todo o podemos perderlo, sin que esto dependa incluso muchas veces de nuestra voluntad.
Lo único que el ser humano no pierde a no ser que quiera, porque depende de sí mismo, es el encuentro con el Señor. Perdemos o podemos perder la salud, la fortuna, el honor, la fama, los amigos, la vida. En cambio, la amistad con el Señor, nunca la malogramos si no queremos. De allí la afirmación de que María eligió la mejor parte que no le será quitada.
Al escuchar confiadamente al Señor, María se ofrece totalmente como lo hizo en el Antiguo Testamento el mismo Abraham. Jesús nos deja la enseñanza que para la vida de todos los días es necesario escucharlo y contemplarlo a Él, para que de esa contemplación y de esa escucha demos fruto abundante, es decir, tenga sentido la vida activa.
Estas dos mujeres representan de alguna manera la vida contemplativa –María- y la activa –Marta- que no están separadas sino que deben complementarse. Porque la vida activa necesita de esa luz que proviene del encuentro con el Señor que le da sentido a las preocupaciones, a los problemas, a cómo hemos de afrontar lo que nos sucede cada día, tanto las cosas buenas como las malas.
Muchos acontecimientos con frecuencia nos desesperan, y esto porque no hemos pasado antes por ese encuentro personal con el Señor que siempre aquieta nuestro espíritu dándole sentido a todo lo que sucede.
Por eso el cristiano cuando une esa vida contemplativa con la activa, es contemplativo en la acción –como enseña san Ignacio de Loyola- y entiende cada vez más cómo en definitiva la vida humana está en manos de Dios ya que nada escapa a su Providencia.
Aún los hechos negativos que tenemos que soportar, siempre son para nuestro bien y, Dios quiere sacar incluso de lo malo buenas cosas.
De allí la necesidad de capitalizar nuestra vida, nuestra experiencia, y darle un sentido nuevo, totalmente diferente a lo que nos acontece, confiados en que la palabra del Señor nos irá dando las respuestas.
En estos días hemos vivido quienes creemos, una experiencia desagradable, pero aún allí estuvo presente el Señor que viene a enseñarnos.
En efecto, también a través de la permisión del mal, Él quiere decirnos que está por encima de todo ello, que con su providencia guía al mundo hacia la meta final, al encuentro con el Padre del Cielo.
Es cierta la probabilidad que muchos queden en el camino como fruto del pecado y de la obstinación en el mal o el rechazo de Dios, pero no por eso el plan de Dios deja de realizarse, ya que los mismos sucesos nos van enseñando muchas cosas en relación con la vida diaria.
Descubrimos, por ejemplo, que la ley aprobada pretendiendo cambiar la institución matrimonial, fue programada y preparada sistemáticamente por medio de un lavado de cerebro permanente de la población en general. Medios de difusión, no todos, cómplices de estas ideologías, sirvieron de herramienta en programas o paneles radiales y televisivos, o en escritos de opinólogos, para instalar un nuevo pensamiento cuasi “colectivo”
Poco a poco fue introduciéndose en la población desprevenida términos como igualdad de derechos para todos; la discriminación –palabra que nos aterra más que el espíritu del mal o el infierno, en los cuales ya no creen según parece hasta no pocos legisladores- como acusación cuando no se iguala a todos; la cultura democrática como superadora de lo medieval, etc. Y nosotros insensiblemente nos arriesgamos a perder el sentido de la verdad, de las cosas mismas, porque no escuchamos la palabra del Señor.
Jesús en el texto de Marcos (cap. 10, 2 y sgtes) nos dice hablando del divorcio –remitiéndose al libro del génesis-, que desde el principio no fue así ya que Dios nos hizo varón y mujer y, que el varón dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y llegar a ser los dos una sola cosa.
De esa manera la palabra de Jesús nos ilumina, -si estamos como María de Betania dispuestos a escucharlo-, con una verdad incontrastable, de modo que aunque otras propuestas puedan ser presentadas para alcanzar fuerza de ley civil, carecen de validez para el creyente que ya fue iluminado con la única verdad, por el Maestro del cual somos discípulos.
Fundados por lo tanto nosotros en las enseñanzas de Jesús no sólo nos afirmamos en la verdad recibida como don, sino que al mismo tiempo descubrimos la tarea inherente a esa verdad, es decir, el deber de enseñarla a los demás, niños, jóvenes, hijos, amigos y familia toda.
Se nos preguntará en distintos grupos humanos, quizás bajo la influencia de otras voces, ¿de dónde sacaste esa afirmación? Es el Señor quien me lo ha enseñado, y para mí, desde la fe, es suficiente- ha de ser nuestra respuesta.
Cuando se vive de la fe, esperanza y de la caridad, como imploramos como don en la primera oración de esta misa, no necesitamos de otras voces que nos aturden, nos confunden, que nos sacan de la única verdad.
Eso es lo que Jesús le está diciendo a Marta de Betania: “no te distraigas, no escuches tanto lo que se dice en la radio, en la televisión o se lee en los medios escritos. No idolatres lo que afirma uno u otro con aires de sabelotodo, ya que al agregar a su ignorancia la soberbia, se cae fácilmente en la necedad. ¡Escúchame a mí, como lo hace María tu hermana!”.
María que está a los pies del Señor, con la actitud propia del discípulo que escucha a su Maestro, nos está diciendo que siguiendo su ejemplo recobraremos fuerzas para seguir en nuestra misión evangelizadora.
En estos días pude comprobar muchos enojos, tuve la oportunidad de hablar con no pocas personas sobre esta ley discriminadora de la verdad y entronizadora de la ficción e intuir el futuro negro que se avecina a todos.
De estas vivencias constatamos una vez más, que es la palabra de Dios la que ilumina los acontecimientos y no la de los hombres.
Dios se ríe de quienes pretenden cambiar lo que Él mismo diseñó en la naturaleza de las cosas dándoles su propia identidad. Podrán igualarse realidades distintas, pero tarde o temprano estas invenciones se derrumbarán por sí solas, ya que se sustentan sólo en la mayoría voluntarista ocasional de quienes debieran ocuparse del bien común.
Escuchábamos recién a San Pablo que se dirigía a los colosenses (cap. 1, 24-28), -y por lo tanto también a nosotros-, decir que él fue enviado a manifestar el misterio oculto desde siempre, el que Cristo “es la esperanza de la gloria”, asegurando que este Misterio de salvación es revelado a los santos. Y, ¿Quiénes son los santos en el lenguaje paulino? La gente que vive en gracia de Dios, que busca el bien y agrada a su Señor.
De allí que no debe extrañar el escuchar que legisladores, gobernantes e incluso sacerdotes dicen ser católicos pero no piensan ni obran como tales.
Son católicos de nombre, ya que habiendo recibido el mensaje de Cristo como Hijo de Dios, no lo han encarnado en sus vidas, iluminándolas con esa verdad. Recibir no es sólo creer en Jesús sino que implica adherirse de mente y corazón a esa verdad fundamental para nuestra existencia humana.
Cuando se hacen esas especies de jugarretas mentales diciendo “soy esto, pero no lo soy o pienso distinto a lo que digo que soy” es porque no hubo adhesión al misterio central del cristianismo que es Cristo Nuestro Señor.
La palabra de Dios nos enseña, nos educa, nos forma, por la contemplación del Señor. Pero al mismo tiempo nos enseña a tener memoria cuando actuemos en la acción política sin apoyar a quienes demuestran tener discursos que van de la mano con ideologías anticristianas, aunque afirmen que son católicos.
No todos los que actúan en política son ineptos o buscan su propio interés. Hay quienes se juegan incluso por los principios que están antes de la fe misma, presentes en el origen del hombre.
La memoria nos ayuda a pasar de la contemplación de la palabra del Señor a la acción. De la vida contemplativa a la activa. O sea que el bautizado debe salir del sueño en el que está inserto con frecuencia y comprometerse en acciones positivas, que transformen nuestra Patria. El cristiano ha demostrado en estos días que cuando es convocado por una causa noble es capaz de hacerse presente y reclamar lo que es justo para cambiar esta situación en la que nos vemos postrados.
¡El Señor tiene sus tiempos y manifestará con hechos concretos qué es lo que quiere de nosotros levantando a nuestra Patria que ha nacido cristiana de tanta postración! Vayamos a su encuentro, pidamos su luz y, obremos apoyados en su fuerza.

Cngo Ricardo B. Mazza. Homilía en el XVI domingo ordinario, ciclo “C”. 18 de Julio de 2010.-

17 de julio de 2010

Invitados a caminar en el verdadero amor.


En la primera lectura tomada del libro del Deuteronomio (30, 10-14) se hace mención a la necesidad de que el pueblo de Israel escuche al Dios de la revelación y ponga en práctica su palabra. Ésta no es inalcanzable para el entendimiento humano, ni imposible de encarnar en la vida de todos los días por una voluntad que se dirija siempre al bien. De esa manera cada persona pondrá de manifiesto su conversión al Creador. La fidelidad al Dios de la Alianza caracterizada por la lealtad a su ley, constituye para ellos una respuesta concreta a los abundantes dones recibidos permanentemente por Aquél que nunca se deja ganar en generosidad. Él se manifiesta de esa manera cuando el ser humano lo busca de todo corazón, lo escucha y sigue su palabra.
El pasaje bíblico proclamado (30,14) nos asegura que el mandamiento divino está escrito en el corazón del hombre desde el principio, corroborado esto por el profeta Jeremías (31,33) cuando enseña que es una ley que no proviene del exterior sino que está impresa en el corazón del hombre. Más aún, el profeta Ezequiel (36, 26-27) hablando de la ley de Dios, afirmará que Dios entrega su espíritu para renovar el corazón humano y capacitarlo para observar el mensaje recibido.
Jesús en el evangelio que acabamos de proclamar (Lucas 10,25-37), realiza plenamente esta interiorización de la palabra divina, ya que nos ayuda a entenderla y a descubrir lo que significa e implica para cada uno.
El doctor de la Ley del relato busca tentar a Jesús con una pregunta innecesaria, ya que él conoce perfectamente la ley, interrogándolo acerca de lo que se ha de hacer para alcanzar la vida eterna.
Como respuesta, el Señor le indagará a su vez sobre lo escrito en la ley de Dios, tratando de profundizar en el tema que se ha iniciado, a lo que el letrado indicará que es necesario amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Con este modo de reflexionar, demuestra el hombre que conocía qué se ha de hacer para alcanzar la meta del encuentro con el Creador.
Sin embargo, para justificar su intervención, pregunta nuevamente ¿quién es mi prójimo?
Jesús sin reprocharle cosa alguna le responderá mostrando la novedad que implica el vocablo prójimo o próximo.
En efecto, para el doctor de la ley el prójimo es quien está cercano a él, ya sea familiar o amigo. Jesús, en cambio, introduce una idea muy particular: quien se acerca al abatido es realmente prójimo o próximo.
Es decir prójimo no es el otro a quien considero como tal, sino que soy yo y cada uno quien se hace prójimo toda vez que nos acercamos al otro a causa de sus necesidades, para socorrerlo.
Jesús lo ejemplifica a través de esta hermosa parábola que acabamos de escuchar. Un hombre -que no identifica por su raza o religión- es asaltado en el camino, despojado de todo, herido y abandonado medio muerto.
Este hombre encarna a todo ser humano que en este mundo está quebrado en el orden espiritual o material, o sea, en todos los aspectos de la vida. Nosotros mismos tenemos experiencia con frecuencia de encontrarnos con tantos corazones heridos o destrozados ya sea por los males que han recibido, o porque no han sido comprendidos, o están llenos de rencor, porque han perdido el honor o la fama, se los ha privado injustamente de sus bienes, o heridos con la peor de las heridas que es el pecado.
De hecho cuando la persona vive en pecado, ha sido asaltada por el espíritu del mal despojándola de la gracia, dejándola medio muerta e incapaz de salir de ese estado por su sola voluntad.
Ante el caído de la parábola, pasan un sacerdote y un levita que no se detienen, sino que prosiguen su camino ensimismados en lo suyo. Estos personajes representan a todo ser humano que pasa junto al que sufre y no se conmueve en su corazón, omitiendo toda acción de consuelo. Es lo que se llama pecado de omisión ya que se deja de hacer alguna acción buena a la que nos apremia la caridad.
Pasa a continuación un samaritano, despreciado por los judíos, no considerado para nada, pero es ese quien se conmueve en su corazón y se acerca al casi moribundo. Cura sus heridas, las cubre con aceite y vino, el aceite del consuelo, el vino de la esperanza. Luego lo lleva en su cabalgadura hasta la posada para que sea atendido debidamente.
Éste fue el que se aproximó, se hizo cercano al herido, y a quien coloca Jesús de ejemplo diciendo “ve tú y haz lo mismo”. Jesús nos enseña así una manera perfectísima para amar al prójimo que consiste en conmovernos ante el dolor del otro llevando nuestro consuelo y ayuda. El mismo Jesús se nos adelanta en relación con esto, ya que Él ha venido para hacerse cercano y prójimo de las miserias de todo hombre.
Esto sucede así ya que como dice San Pablo en la segunda lectura (Col. 1, 15-20) Jesús es la imagen del Padre. Si el Padre se mirara en un espejo, veríamos la imagen de su Hijo hecho hombre. Como “imagen”, Jesús al entrar en la historia humana va introduciendo con gestos y palabras al mismo Padre, de manera que su misericordia se prolonga y comunica a través de su Hijo hecho hombre Jesús, el cual vino a liberar al hombre del demonio, a curar a los enfermos, a enseñarles la palabra de la verdad, a sacar al pecador de sus miserias morales, a iluminar a los que estaban confundidos.
Todo esto que Jesús hace, espera que nosotros también lo hagamos en nuestra vida cotidiana. Y esto porque el hombre por el sacramento del bautismo se ha convertido también en imagen de Jesucristo. Ha sido transformado en su interior y llamado a revivir la persona de Cristo en su existencia de cada día.
Por eso el cristiano se ha de sentir próximo de aquél que necesita de su caridad, de su afecto, de su consuelo y comprensión, y de esa manera hacerlo visible al Maestro.
Queridos hermanos nuestra tarea diaria ha de consistir en aproximarnos ante el dolor ajeno para llevar ese consuelo que viene del Padre.
Pidamos para ello humildemente que la luz de lo alto nos enseñe el camino y, que la fuerza del Espíritu de Cristo nos anime a que así podamos hacerlo.


Cngo Ricardo B. Mazza. Homilía en el domingo XV durante el año (ciclo “C”). 11 de julio de 2010.

8 de julio de 2010

Como “ovejas en medio de lobos”, siempre discipulos del Señor


Los textos bíblicos de las últimas liturgias dominicales hacían referencia al seguimiento de la persona de Cristo. El domingo pasado se hacía mención a tres tipos diferentes de encuentros con el Señor, ejemplos de búsqueda de una vida más plena.
En el texto (Lc.10, 1-12.17-20) que acabamos de proclamar se describe el envío que hace Jesús de los setenta y dos discípulos, número éste que significa su intención de que el mensaje llegue a todo el mundo, a todas las naciones. Elegidos además de los doce, que prolongarán a las doce tribus de Israel en el nuevo Pueblo de Dios.
Los envía el Señor para precederlo en los lugares a los que iría Él mismo.
El texto pone en boca de Jesús que dada la abundante cosecha, hay que rogar al dueño de la mies para que envíe trabajadores a la misma.
El pedido no hace referencia a la siembra, cosa que sería lo más natural, sino levantar lo que ha fructificado, ya que quien siembra es precisamente el Señor. Pero al mismo tiempo el levantar la cosecha implica preparar otra vez el terreno para una nueva siembra, para que así la tierra pueda fructificar nuevamente con abundancia.
En este envío que Jesús hace, da precisiones concretas a los enviados, -que lo son como corderos en medio de lobos-, “no lleven alforja, no lleven dinero, ni sandalias”, porque la verdadera exigencia es poner la confianza como misioneros, no en las cosas, a las que uno siempre busca para tener seguridad, sino en Cristo Nuestro Señor que es quien envía, la roca viva.
Les dirá que cuando entren en una casa dejen la paz que se origina en Él.
De ella habla también hoy el profeta Isaías (66,10-14) asegurando que el Dios de la paz la derramará abundantemente –signo de la era de la salvación- sobre la Jerusalén reconstruida después del exilio, que es un anticipo de la Jerusalén del Nuevo Testamento, la Iglesia, y preparación para llegar a la Celestial.
Jesús conocedor de la Escritura está, por cierto, pensando en los dichos de Isaías respecto al don de la paz cuando solicita que la dejen a quienes sean merecedores de recibirla, haciéndoles sentir que la paz no es mera tranquilidad sino pleno bienestar en todos los órdenes de la vida humana.
Y esto es así porque Dios es generoso siempre en sus dones, no escatima la participación de su grandeza y, entrega su paz a los corazones bien dispuestos.
De allí que Jesús señale que cuando en una casa no haya nadie bien dispuesto a recibir la paz, ésta volverá a los discípulos.
De la misma manera, cuando vayan de ciudad en ciudad y sean recibidos bien, han de decir “el reino de Dios está cerca de ustedes”, porque ya está preparado el camino para el encuentro con Jesús.
Pero cuando no sean recibidos junto con el mensaje, sacudan hasta el polvo de sus sandalias en señal de reprensión y digan: “de todos modos sepan que el reino de Dios está cerca”.
Ya no de “ustedes”, sino “está cerca”, para que quede claro que es la cercanía del reino en cuanto juicio a causa del rechazo del mensaje predicado, quedando sin embargo siempre a salvo la posibilidad de la conversión.
Nos dice el texto proclamado que al regresar de su misión, volvieron felices los setenta y dos discípulos, en especial por el poder sobre los demonios. Jesús les dirá “yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” refiriéndose a que las fuerzas del mal siempre van disminuyendo en la medida en que es proclamado el evangelio.
Cuando el evangelio es más y más conocido, el maligno y sus seguidores van perdiendo eficacia en su perversa intención contra el ser humano.
Al respecto san Ignacio de Loyola en los ejercicios espirituales de su autoría, destacará que cuanto más es enfrentado el maligno, éste va perdiendo poder e influencia, pero en la medida que vislumbra temor en la persona tentada cobra nuevos bríos y se afirma en su labor demoníaca.
La Palabra de Dios que hemos escuchado, pues, nos invita a ser valientes en la proclamación del mensaje de Jesús, sin miedo, aunque Él nos envíe como corderos en medio de lobos, ya que contamos con su permanente auxilio.
En referencia a esto nos sirve de reflexión lo que hemos vivido el jueves 1° de julio pasado en Santa Fe en “la fiesta de la familia”.
En efecto, a través de la marcha organizada -en particular por los jóvenes-, pudimos testimoniar nuestra convicción que toda familia fundada en el matrimonio de varón y mujer, constituye el basamento de la sociedad toda. Concurrieron adultos, jóvenes, niños, familias, sin distinción de religión o bandería política, siendo palpable la alegría de poder proclamar la verdad del matrimonio que es anterior al cristianismo mismo ya que está presente en la realidad creatural que nos distingue como varones y mujeres, llamados a la complementación y por ello a la plenitud y perfección humana.
En la actualidad, cabe reconocer, hay intentos cada vez más agresivos por acallar esta verdad, pero ella se presenta con total naturalidad desde el ser mismo de la persona.
La concurrencia de diez a doce mil personas –según cálculos de la policía-, sin contar con quienes no pudieron concurrir por razones de trabajo, nos demuestra que cuando queremos testimoniar lo que vivimos y esperamos, tenemos la fuerza y el entusiasmo para hacerlo, sin importar lo que a causa de esto sobrevenga, ya que sabemos fuimos enviados como corderos en medio de lobos, pero sin estar nunca abandonados por el Señor que nos da su paz.
Estamos seguros de que seremos atacados y ridiculizados, como sucedió desde algunos medios con ocasión de esta marcha, pero esto no es más que un signo de la impotencia propia del que no puede acallar la verdad.
Porque aunque ésta sea silenciada en nuestra Patria por no pocos que debieran darla a conocer, sin ceder a presiones ideológicas o dinerarias, igual sigue manifestándose en todo su esplendor, ya que dice Jesús “yo soy la Verdad”.
Aunque el rechazo muchas veces se multiplica contra la naturaleza de las cosas, el Señor nos dice que “veía a Satanás caer desde lo más alto del cielo”.
Es necesario por lo tanto saber escuchar y seguir la invitación que nos hace Jesús de testimoniar con nuestras vidas sus enseñanzas, sin miedo alguno. Convencidos de contar siempre con la firmeza de su apoyo, demos a conocer nuestro sentir, sobre todo teniendo en cuenta que en nuestra patria –cada día más decadente- seguirán otros intentos orientados a la destrucción de la dignidad de la persona humana, pretendiendo imponer el aborto o la eutanasia.
Hemos de manifestar que tenemos las cosas claras, que no nos dejamos manejar por las modas ideológicas, o por los poderes de turno que por conseguir dinero de organismos internaciones no dudan en pretender todo aquello que nos llena de vergüenza.
Deseemos y luchemos por vivir todos de acuerdo a la recta razón y, además conforme a la fe cristiana los que la profesamos. Como Nación hemos sido engendrados y formados en una matriz católica, llamados a continuar con la fe recibida de nuestros mayores.
La palabra de Dios nos deja esta invitación a misionar en la sociedad actual.
Para carecer de ese miedo que muchas veces paraliza al creyente es necesario llegar a vivir lo que hoy destaca el apóstol san Pablo (Gál. 6, 14-18) “yo me gloriaré en la cruz de Cristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo estoy crucificado para el mundo”.
Es decir que ese mundo o cultura, contrarios a nuestro ser cristiano, a nuestra forma de concebir la vida, debe estar crucificado para nosotros, o sea, no han de seducir nuestro ser y vida, debemos tener la fortaleza para desecharlos.
Estar crucificados nosotros para el mundo significa no dejarnos atrapar por esos espejismos de falsa felicidad y bienestar que ofrece el mundo.
Como San Pablo afirmémonos en la seguridad que nos da Cristo y su evangelio, rechazando las argucias de quien es mentiroso desde el principio y busca destruir siempre la verdad.

Cngo Prof. Ricardo B. Mazza. Director del Grupo Pro-Vida “Juan Pablo II”. En Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el domingo XIV durante el año, ciclo “C”. 04 de Julio de 2010.

2 de julio de 2010

El seguimiento de Cristo, es vivir en el esplendor de la verdad.


1.-El seguimiento de Cristo, es vivir en su verdad
En la primera oración de esta misa se nos recordaba que por ser hijos adoptivos de Dios nos hemos transformado en hijos de la Luz y, pedíamos al Señor que brille siempre en nosotros el esplendor de la verdad.
El Señor nos responde siempre esta súplica ya que con sus enseñanzas nos va mostrando el camino para vivir en el esplendor de la verdad, que es Él mismo, y así, con esta luz interior, dirigirnos decididamente junto a su Persona a Jerusalén, anticipo del reino que no tiene fin.
La palabra de Dios nos sigue enseñando hoy, mostrándonos como punto central el tema del seguimiento que hace libre al ser humano.
El domingo pasado escuchábamos en el evangelio el anuncio de la muerte de Jesús en Jerusalén. Hoy san Lucas refiere que caminó decididamente a Jerusalén, para culminar su misión por este mundo.
En el trayecto se encuentra Jesús con distintos tipos de personas que son llamadas para seguirlo, continuando de este modo con lo que ya el domingo pasado el Señor reclamaba invitándonos a la negación personal y tomar su cruz cada día, para proseguir siguiéndolo, con la transmisión del evangelio.

2.-El seguimiento en el Antiguo Testamento.
Pero este seguimiento, con sus singularidades propias, tiene su antecedente en la descripción que hace el libro primero de los Reyes (19, 16. 19-21), con el llamado que Dios hace a Eliseo para la misión profética.
El texto bíblico nos ubica sobre quién es Eliseo. Goza de una holgada posición económica, -la posesión de doce yuntas de bueyes en ese tiempo certifica esto-, y el profeta Elías enviado por Dios, arroja sobre él su manto, -signo de la investidura profética- .
Eliseo entiende lo que significa el signo, pide ir a despedirse de los suyos y, a diferencia de Cristo en el evangelio, Elías le concede lo solicitado, posiblemente porque entendió esto como una forma de despegarse de todo su pasado, de su presente y de su futuro.
De hecho, hay signos que abonan esta interpretación, ya que sacrifica a los animales, hace fuego con los arneses y distribuye la carne asada entre sus servidores. Señales éstas propias de alguien que se desprende de todo aquello que era vital en su vida, para seguir el llamado que el Señor le hiciera a través de Elías.
Eliseo aparece así como un hombre desprendido, que ha entendido que para vivir la vocación de profeta no puede retrasarse, no puede dejar para mañana lo que se le pide hoy en un gesto de total despojo de sí.

3.-El seguimiento en el evangelio.
Esta misma tónica de interpelación y llamado al seguimiento aparece claramente en el evangelio (Lucas 9,51-62) recién proclamado, que se presenta como signo de contradicción con el rechazo que soporta el Señor.
En efecto, mientras es resistido en un pueblo de Samaría, -anticipo de lo que sufrirá en Jerusalén-, sigue llamando a diferentes personas para que continúen su obra, interpelando las conciencias, desechando la violencia sugerida por los “hijos del trueno” Juan y Santiago, como diciendo “el juicio de Dios vendrá en su momento, esta es la hora de ir a Jerusalén y aceptar lo que allí sobrevenga”, esto es, morir por la salvación del mundo.
Y se encuentra en el camino con quien le dice “te seguiré adonde vayas”. Ante esto, Jesús no anda con medias tintas, no minimiza la exigencia de la entrega para evitar que se le escape un posible seguidor si es muy exigente, sino que responde “las zorras tienen sus cuevas y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza”.
El Señor sabe que el hombre busca siempre el nido, la cueva, -signos de calor hogareño, de seguridad, de “instalarse” en un esquema concreto de vida-, mientras que el seguimiento de su persona encarna siempre el desafío de no saber que pasará mañana, dónde se ha de reclinar la cabeza. El nido, la cueva, la seguridad del que sigue a Cristo no está en las cosas de este mundo que ofrece la sociedad, sino en el mismo Señor, Él es la roca, el que otorga firmeza y seguridad a la vocación.
Y Jesús sigue caminando y al encontrarse con otro toma la iniciativa diciéndole “sígueme”, como le dijera a Mateo en su momento con la consiguiente y espontánea respuesta de seguirlo por parte de éste.
En este caso la respuesta será “deja que entierre primero a mi padre”, a lo que el Señor indicará enérgicamente y hasta con dureza para nuestros gustos, acostumbrados a una sociedad blandengue, que no exige demasiado, “deja que los muertos entierren a sus muertos”.
En efecto, la sociedad, las costumbres y cultura de nuestro tiempo nos han acostumbrado a ser tan débiles, que las exigencias del evangelio no hacen más que chocar con nosotros mismos y estructuras vivenciales.
Ante la afirmación del Señor, “Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el reino de Dios”, nos preguntamos, ¿por qué estas palabras? Porque acompañar al padre en el momento de su muerte y sepultarlo, equivalía a recibir la herencia no sólo de fortuna sino de la tradición familiar, de su pueblo, a la que había que conservar y transmitir a los demás. Implicaba un “asentarse” y afirmarse en lo que se recibía, impidiendo esto por cierto una total disponibilidad para el evangelio.
Jesús, en cambio, está proponiendo “algo nuevo”, la novedad de despojarse de toda atadura para comenzar a anunciar la Buena Nueva, a Él mismo.
Invita a dejar lo que pertenece al pasado para abrirse al horizonte nuevo de predicarlo, desde el presente, continuando su obra.
En su caminar decidido a Jerusalén, se encuentra con el tercero quien le dice: “Te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de mi familia”. La respuesta del Señor no se hace esperar señalándole, “el que pone su mano en el arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios”.
Es la condición que pone la gente que no se decide, instalada en su mundo, en sus cosas, en sus afectos, por buenos que sean y, que impiden el despojarse de todo para seguirlo a Jesús en esta misión nueva que propone a la generosidad humana.

4.-La libertad como condición del seguimiento.
No está mal amar a la familia, sino el que ese afecto impida a la persona ser totalmente libre para ponerse a disposición de la causa del anuncio del evangelio con todo lo que esto implica
El texto que hemos proclamado pone por lo tanto como condición de seguimiento el despojo de uno mismo que supone la renuncia de todo aquello que puede ser atadura. Por eso, el que es totalmente libre puede seguir al Señor con la libertad de los hijos de Dios de la que habla S. Pablo.
El verdaderamente libre vive movido por el Espíritu y no por las obras de la carne, nos dirá el Apóstol escribiendo a los gálatas (4,31-5,1.13-18).
En cambio, el esclavo, es quien vive atado a la carne, al pecado, del que fuimos liberados por Cristo.
Ser libres no es apertura para el libertinaje sino para el Señor, deshaciendo toda atadura que frene una entrega incondicional al que nos liberó.
El cristiano salvado por Cristo, -libertad que se recibe en el bautismo-, sabe que la carne lucha contra el espíritu y éste contra la carne, ya que hay antagonismo permanente.
De allí la necesidad de dejarnos guiar por el Espíritu de Cristo y no regresar a la condición de esclavos que se alcanza por el pecado.
La libertad induce esa orientación hacia Dios y a los hermanos, lejos del egoísmo, servidores unos de otros, llevando a su plenitud el “amarás al prójimo como a ti mismo”.
Ahora bien, todo esto del seguimiento y de la vocación, no sólo se ha de interpretar como refiriéndose únicamente al sacerdote o al consagrado, sino que toca el corazón de todos los bautizados.

5.-El seguimiento en el matrimonio y toda vocación cristiana.
Para poder seguir a Cristo por medio de la vocación matrimonial, a través de la profesión, del trabajo, del mundo de la cultura, es necesario primero alcanzar ese desprendimiento de corazón para libres de toda ligadura, entrar de lleno en aquello que el Señor nos reclama.
Y así, si un muchacho y una chica deciden casarse han de ser libres –sobre esto pregunta el sacerdote cuando los prepara y el día del matrimonio-, dispuestos a vivir una libertad que va más allá de la decisión personal, que supone también libertad de uno mismo y de todo aquello en lo que el ser humano se ha instalado y que puede después resultar un impedimento serio para realizar un proyecto de vida.
En mis largos años de sacerdocio he comprobado que muchos fracasos matrimoniales fueron causados por la falta de libertad o incapacidad personal de los contrayentes, o al menos de uno de ellos, por despojarse de los egoísmos, como señala San Pablo, o liberarse de aquellas visiones propias de solteros, para abrirse a la disponibilidad y decisión de un proyecto de vida matrimonial y familiar según el designio de Dios, que involucre a ambos cónyuges.
No se termina a veces de dejar las ataduras con las que se llega al matrimonio, siendo una de ellas el permitir la intromisión de otros, especialmente la de los padres de alguno o de los dos contrayentes, que llega herir de muerte la misma vida matrimonial. No se trata de no amar a la familia que se ha dejado atrás para comenzar algo nuevo, sino de poner las cosas en su lugar desde el comienzo de la nueva vida.
El proyecto matrimonial supone una renuncia que a veces se percibe ausente cuando la vida en común da paso al individualismo más profundo, en el que cada uno quiere vivir como si no estuviera casado o se revive la adolescencia que ya se ha perdido, o pretendiendo transitar por una ficticia realización personal, o proyecto individual que olvida a la otra parte.
En el mundo de la profesión, en el trabajo, en el sacerdocio, en lo que cada uno ha asumido como vocación propia, es necesaria la libertad de los hijos de Dios que permita santificarnos y evangelizar al mundo.
Pidamos la luz de lo alto para que en las opciones de cada día vivamos en el esplendor de la verdad del seguimiento desinteresado al Señor.


Cngo. Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz, en Argentina. Homilía en el domingo XIII durante el año, ciclo “C”. 27 de Junio de 2010.

25 de junio de 2010

La Cruz, “bandera” del cristiano, fuente de salvación universal

1.-Mirarán al traspasado

El profeta Zacarías (12,10) afirma en la primera lectura del día: “Esto dice el Señor: Y derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén, un espíritu de gracia y de súplica, y me mirarán a mí, a quien han traspasado. Y se lamentarán por él, como quien se lamenta por el hijo único, y llorarán por él, como se llora por un primogénito”. San Juan (19,37), cita textualmente en el cuarto evangelio el pasaje del profeta –“contemplarán al traspasado”-, con ocasión de la lanzada del centurión sobre el cuerpo de Jesús, apenas este había muerto. Con lo que este personaje traspasado –que en Zacarías quizás aludía a un personaje contemporáneo- señala al mismo Jesús colgado de la cruz.

Más aún, nos adelanta el texto, que Dios derramará el espíritu de gracia y de súplica sobre la Casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén.

Se adelanta así a la presencia futura del Mesías, quien es llamado también “el traspasado”, que provoca gritos de dolor y de angustia ante su presencia, como lo afirma san Lucas al recordar que la gente al ver lo ocurrido en la cruz “comenzó a irse golpeándose el pecho” (23,48).

Precisamente desde el Cristo Redentor, traspasado por nuestros pecados, llegará el espíritu de Dios para transformar la Casa de David y a los habitantes de Jerusalén, ya que “Aquél día, habrá una fuente abierta para la Casa de David y para los habitantes de Jerusalén, a fin de lavar el pecado y la impureza” (Zac.13, 1).

Y así, ya desde el Antiguo Testamento, el pueblo se iba encaminando -sin saberlo todavía-, hacia ese traspasado que iba a traer la salvación a todos.


2.-El Hijo del hombre debe sufrir mucho.

El texto del evangelio (Lc. 9,18-24) que acabamos de proclamar, coloca en boca de Cristo que Él va a “sufrir mucho”, será “rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas”, condenado a muerte y al tercer día resucitará de entre los muertos.

Esta afirmación de Jesús grafica claramente lo que ya anunciaba el profeta Zacarías, sin bien es cierto tiene un contexto distinto al ya expresado.

En efecto, Jesús al preguntar a los discípulos “¿quién dice la gente que soy yo?”, obtiene diversas respuestas que no apuntan directamente a Él.

Por eso ahonda indagando otra vez: “y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”.

Tomando la palabra Pedro, dirá, “Tú eres el Mesías de Dios”. Inmediatamente expresa el texto del evangelio que Jesús les prohibió terminantemente anunciar esto a persona alguna.

¿Por qué?, ¿cuál es la razón? Es que Jesús no es David, ni la Casa de David, de la que hacía referencia el profeta Zacarías.

Por lo tanto, les está diciendo a los discípulos, “no piensen que soy yo un mesías político”, “no vengo a liberar al pueblo de la opresión romana”.

“Si bien soy descendiente del linaje de David, mi misión es diferente, no soy un rey temporal” -parece indicar-.

Y esto porque Cristo con su misión irá a la raíz de todos los problemas y dificultades que el hombre en el trascurso del tiempo ha de soportar.

Un líder político, un mesías político, podrá salvar a su pueblo, a su comunidad, de los problemas temporales, -hablando idílicamente-, porque esa es su misión, buscar el bien común.

Cristo, en cambio, como el enviado del Padre, se dirige a la raíz del hombre mismo, quiere liberarlo de la opresión más grave que lo tiene sometido que es el pecado.

Esta liberación del pecado que trae Cristo Nuestro Señor, cuando se produce en el corazón del hombre, origina la verdadera libertad de los hijos de Dios en todos los campos de la vida humana.

Si Cristo viniera como un líder político más, no solucionaría absolutamente nada, ya que sería el conductor, el guía, en un momento histórico del pueblo de Israel, pero nada más.

Cristo, en cambio, viene a anunciarnos que su misión consiste en rescatar al hombre de lo más profundo de su ruina, para que liberado éste de las ataduras del pecado, sea redimido de la esclavitud, fruto del mismo.

Por medio de la Pascua del Señor, le es posible al hombre esforzarse por lograr las otras liberaciones por las que clama permanentemente.

Por eso este anuncio que hace Cristo es liberador, el más profundo, porque toca la raíz del problema humano respecto a su salvación integral.

Y Jesús, –para prolongar en el tiempo este camino de grandeza-, hace una invitación concreta a todas las personas que lo rodean, que consiste en seguir tras sus pasos buscándolo como el verdadero liberador del hombre: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo cargue con su cruz cada día y me siga”, ya que quien “pierda su vida por mí, la ganará”.

El seguimiento de Cristo, por lo tanto, en esta búsqueda de la liberación verdadera del hombre, supone el negarnos a nosotros mismos, tan tentados estamos siempre de construir proyectos para provecho propio.

Por eso Cristo nos está diciendo “el que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo”, no se preocupe por su propio éxito, por su propio triunfo, por su propio crecimiento, sino que tome mi ejemplo que me he hecho Siervo de Yahvé, como anunciaba Isaías.

En efecto, constituido Siervo de Yahvé, Jesús se somete a todo tipo de sufrimiento y desprecio, siendo perseguido injustamente, con tal de lograr una liberación más profunda del hombre.

El seguidor de Cristo, entonces, debe buscar, yendo detrás del Señor, la clave para la transformación incluso del mundo todo.

Si todos los bautizados viviéramos a fondo esto a lo que nos convoca Jesús, negándonos a nosotros mismos, para estar siempre dispuestos a amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestros hermanos por amor a Él, la vida misma del hombre cambiaría totalmente sobre la faz de la tierra.

Negarse a sí mismo en definitiva es dejar de lado el egoísmo, aquello en lo que muchas veces se centra el hombre como lo más importante y provechoso para sí, para abrirse al amor que nos ha manifestado el mismo Cristo que entregó su vida por todos.

El seguidor de Cristo, pues, está dispuesto a realizar el verdadero proyecto humano que se ilumina y esclarece en el misterio de Cristo Nuestro Señor, el del amor oblativo que se ofrenda sin regateos mezquinos.


3.-Revestidos de Cristo por el bautismo.

El hombre cuando entra en esta unión con Cristo y lo sigue, va entendiendo que está llamado a ser un factor de unidad en medio de este mundo.

San Pablo (Gál. 3, 26-29) así lo recuerda expresando que por el sacramento del bautismo, todos hemos sido revestidos de Cristo Nuestro Señor. Revestirse de Cristo implica esta vida nueva, esta novedad del evangelio que transforma el corazón del hombre.

Revestidos de Cristo por el bautismo supone el negarse, el renunciar a sí mismo –como se advertía ya en el texto del evangelio-, para resucitar para la vida que no tiene fin.

Revestirse de Cristo, significa como afirma Pablo, que ya no exista más judío o pagano, esclavo u hombre libre, varón o mujer y sus respectivas diferencias, ya que todos somos uno por el bautismo, identificados con Cristo el Señor, muerto y resucitado.

Él es quien une a todos los hombres, Él es quien edifica con todos nosotros un solo Cuerpo, la Iglesia, siendo el mismo Jesús el Pastor que nos conduce al Padre, como “descendientes de Abraham, herederos en virtud de la promesa”, llamados por tanto, a una vida de grandeza humana.


4.-La Cruz, “bandera” del cristiano.

Hoy celebramos en nuestro país el día de la Bandera. Los textos bíblicos nos permiten iluminar esta fiesta nacional. La bandera de la Patria flamea en los momentos más importantes de la vida de la república, está presente recordándonos siempre lo que somos, precediendo toda actividad humana.

Para el cristiano esta bandera está iluminada por otra bandera, la de la Cruz. La cruz es la que preside toda la actividad humana del cristiano, no solamente en el campo de la liturgia o en las manifestaciones de nuestra fe, o al entrar o salir de los templos, sino que la cruz como bandera del cristiano está vigente también en nuestras casas o cuando hacemos la señal de la cruz invocando con esperanza al “traspasado”.

Y justamente esta bandera del Cristo crucificado que da sentido a la vida del cristiano, se incorpora a su vida también como ciudadano.

Por que en la medida en que –siguiendo la línea de los textos bíblicos- el cristiano va detrás de su bandera, que es la cruz de Cristo, y busca vivir a fondo la invitación que le hace el Señor en el evangelio llamándolo al seguimiento de su persona y a la negación propia para abrirse al amor de Dios y de los demás, se transforma como bautizado en mejor ciudadano de la Patria terrena en la que nace, vive y muere.

De allí que la bandera de la nación terrena y la de nuestra fe, la cruz, jamás se contraponen, sino que siempre están unidas, siendo la de la Patria terrena iluminada y fortalecida por la bandera de la Cruz de Cristo en el sentido que enarbolada y aplicada a nuestra vida cotidiana nos permite también vivir como ciudadanos según el querer del Padre del Cielo.

Hoy también celebramos al padre de la tierra, que recibe su paternidad del Padre Eterno y, que la ha de prolongar visiblemente en el tiempo.

Especial momento es por lo tanto éste para recordar que la paternidad es un don de Dios, que se prolonga y continúa en la tarea de serlo no sólo un día, sino todos los días de la vida.

Por eso pedimos especialmente al Señor ilumine a todos los padres de familia para que reconociendo el don que recibieron lo prolonguen en la tarea permanente de comunicar a su familia, que la grandeza humana se alcanza en la fidelidad a la Bandera - Cruz de Cristo como cristianos y, a la bandera de nuestra Patria, como ciudadanos honestos.

Pidamos que la presencia paterna del Dios Todopoderoso que vela con su Providencia el caminar de sus hijos, nos guíe mientras nos dirigimos hacia Su Casa que nos espera siempre al final de nuestro camino.

Que cada hijo yendo con alegría a su casa, descubra en el encuentro con su padre de la tierra, el anticipo del encuentro definitivo con el Padre.



Cngo. Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el domingo XII del tiempo ordinario, ciclo “C”. 20 de junio de 2010. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com/; www.nuevoencuentro.com.ar/provida; http://grupouniversitariosanignaciodeloyola.blogspot.com.-/


19 de junio de 2010

La parte oscura del hombre transfigurada por la gracia divina.

1.-El lado oscuro de David y su salvación.

El segundo libro de Samuel (12,7-10.13) nos presenta la figura del rey David en una situación muy particular, el David pecador. Ese hombre que se había distinguido por soportar todo tipo de persecuciones por parte de Saúl y que nunca quiso atentar contra su vida por el ser el ungido del Señor, que en muchas oportunidades manifestó humildad y confianza en el Señor, el que venció a Goliat desde su pequeñez y debilidad, salvando al pueblo elegido, presenta aquí el lado oscuro de su vida. Atraído por Betsabé la seduce aprovechando que su marido está en el frente de batalla y como fruto del adulterio ésta mujer queda embarazada. Para ocultar esto convoca a su marido con la esperanza de que encontrándose éste con su mujer, pudiera quedar libre de la culpa. Pero Urías, pensando que otros están en batalla arriesgando su vida, no se dirige a su casa. El rey David al no conseguir lo planeado lo hace regresar con cartas al comandante en jefe que indica su deseo que lo dejen solo cuando arrecie el combate para que muera. De resultas de esto Urías muere.

A causa de esto, por medio del profeta Natán, Dios le comunica al rey que su pecado ha sido abominable.

En el texto, Dios se muestra como el verdadero agraviado para que se vea que el adulterio, la mentira y el homicidio si bien son pecados que directamente se cometen contra el prójimo, apuntan al mismo Dios, habida cuenta que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y, por lo tanto todo pecado contra el hermano es un dejar de lado al Dios de la Alianza que es el Padre común de todos.

No solamente se ofende al prójimo en sí mismo considerado, sino que se desconoce también su filiación con el único Padre de todos.

David, movido por la gracia de Dios, sin duda alguna, recapacita, reconoce su pecado, pide perdón, –el salmo 50 es fiel reflejo de la profundidad de su arrepentimiento, por cierto- y éste se le concede. David tendrá que ir purificándose para poder vivir nuevamente en profundidad la alianza con su Señor que abundantemente lo ha bendecido con toda clase de bienes y dones.

Su arrepentimiento supone que ha de reparar por su pecado, por el daño que ha ocasionado a su prójimo.

El texto bíblico puntualiza que Dios mira con agrado el corazón arrepentido de quien reconoce su pecado y desea retomar la amistad perdida, aunque el rey tenga que entregar como prenda el fruto del adulterio.

2.-La redención de la mujer pecadora.

En el texto del Evangelio (Lc. 7,36-8,3) aparece la misma temática aunque en otro contexto. En la ocasión, Jesús deja una serie de enseñanzas. La principal de ella es que como Hijo amado del Padre que se hace hombre, viene a buscar la oveja perdida y a todo pecador, y está dispuesto a perdonar el corazón arrepentido- ya que por los pecadores, -que somos todos, aunque redimidos-, viene a morir crucificado.

La escena que nos presenta el relato evangélico nos expresa que ha sido invitado a comer a casa del fariseo Simón. En medio de la comida y del diálogo que seguramente compartían, aparece esta mujer sin ser invitada. Censurada por muchos en la ciudad por la mala vida que tenía en su haber, aunque la habían utilizado para pecar, se acerca al Señor.

En ella está presente el influjo de la gracia que la conduce a la conversión. Ella se destaca entre todos ya que tiene para con Jesús los gestos propios de la hospitalidad que había omitido el fariseo.

Simón el fariseo que representa al hombre que juzga a la persona pecadora como si él fuera perfecto, piensa dudando de que Jesús fuera profeta ya que no reconoció que quien lo tocaba era una pecadora.

Jesús que conoce los corazones y, por lo tanto penetra el pensamiento de Simón, le deja a él y a todos los comensales, una enseñanza hermosa.

Le reprocha que mientras él no ha cumplido las reglas de cortesía para con un huésped, entre las que se menciona el recibirlo con el ósculo de la paz, como nosotros recibimos a alguien en nuestra casa con un beso, esta mujer no ha cesado de manifestar su reconocimiento para con el Señor.

Con estos gestos la mujer deja entrever su arrepentimiento y consiguiente respuesta de amor hacia quien la ha transformado rescatándola del pecado.

Al respecto Jesús nos alecciona también diciendo que el amor que manifiesta quien se arrepiente es fruto del perdón.

Cristo ha perdonado mucho -lo expresa a través del relato de los dos deudores a quienes se les perdonan sus deudas, aunque en diferente grado de importancia-, y esta mujer como respuesta ama mucho también.

Dios ha producido en el corazón de esta mujer un crecimiento en el verdadero amor, un agradecimiento hacia quien le ha devuelto la vida del Espíritu.

“Aquél a quien más se ha perdonado manifiesta más agradecimiento y amor”-afirma Jesús. El corazón noble de la persona que reconoce lo mucho que le debe al Señor, responde con amor.

En ambos casos, ya sea con David como con la mujer pecadora, se trata de dos personas que han recibido mucho de Dios.

En el caso de la pecadora –que muchos identifican con María Magdalena- no aparece una descripción, pero indudablemente ha recibido muchos dones del Señor que han sido traicionados y malgastados a través del pecado.

En el contexto podemos ver que es el mismo Dios quien comienza a recorrer ese camino de vuelta para el pecador para que entre nuevamente en contacto con el Salvador, ya que le dice Jesús “tu fe te ha salvado”.

La fe puesta en el Señor misericordioso que perdona, fe que implica reconocer que Dios es el más importante en nuestra vida.

De hecho cuando la persona no tiene una concepción de grandeza respecto a Dios, al pecado no lo ve como tal, ni le interesa pedir perdón porque minimiza todo. En cambio, cuanto más grande es la persona a la que ofendemos y así lo advertimos, mayor es el dolor y el arrepentimiento. Por eso la palabra del Señor “tu fe te ha salvado”.

3.-San Pablo salvado por las obras de la fe.

En la figura de San Pablo (Gál. 2,16.19-21) -relacionado con lo que venimos diciendo-, aparece encarnado aquello que la fe es la que salva, ya que para él es ésta la que justifica y no las obras de la ley. Él vivió esto en carne propia ya que cuando estaba sujeto a la ley de sus antepasados perseguía a los cristianos y no era este un medio de salvación.

En la medida que el apóstol respondió al Dios de la misericordia que por medio de Jesús le dice camino a damasco, “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, es cuando comienza su camino de estatura personal.

Él vivió la experiencia de lo que significa lo mucho que se le ha perdonado a alguien, respondiendo con amor inalterable a pesar de las pruebas.

Constata su pecado gracias al encuentro con Cristo y, por lo tanto, movido por su gracia, responde a ese Dios de infinita misericordia a lo largo de su vida, de día y de noche, en todo momento, en la estrechez y en la abundancia, en la cárcel y siendo libre.

Por eso llega a decir, -tan convencido está de los bienes de Dios-, que “yo estoy crucificado con Cristo”. Es decir que todo aquello que interfiera en la relación con Dios, está dispuesto a dejarlo. Y siendo Cristo el más importante en su vida expresará “ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí”.

¡Qué hermoso el que nosotros podamos llegar a esta altura, a esta santidad de vida que nos permita repetir convencidos estas palabra del apóstol!

Y que esto sea visible para todos como un ejemplo de vida, implicaría por cierto, testimoniar que es posible vivir en este mundo, a pesar de sus trampas e ilusiones, el ideal de la imitación de Cristo.

4.-Los bienes al servicio de la Evangelización

En conexión con esto quería recordarles, para concluir, que hoy se realiza en todo el país la colecta a favor de Caritas. Providencialmente encontramos en el mismo texto del evangelio de hoy una relación con la misma. El texto afirma que un grupo de mujeres acompañaban a Jesús y a los doce y “los ayudaban con sus bienes”.

¿Qué sentido tenía el ayudarlos con sus bienes? Como eran mujeres de fe son conscientes que debían auxiliar a la tarea de la evangelización, -dado que al no ser ángeles, necesarios son los bienes temporales que Dios da generosamente a todos para las necesidades propias y para sustentar a quienes menos poseen-.

Se trata de una enseñanza que se prolonga en la Iglesia que continúa la obra de Jesús: colaborar generosamente con los dones recibidos de Dios a la obra de la evangelización.

Cuando la Iglesia instituye estas colectas nacionales o universales como la de Caritas, Más por Menos, las Misiones, o al Servicio Universal de la Iglesia, siempre tienen esa finalidad: el compartir lo que tenemos para que algo tengan los que no tienen o para proveer a sufragar los gastos de las distintas obras de la Iglesia de modo que Cristo se haga presente en el corazón de todos.

En el caso concreto de esta colecta, se pretende prolongar la caridad, el amor del Señor en los hermanos más necesitados a través de nuestra ofrenda generosa según nuestras posibilidades.

Además, si recordamos lo que vivimos en cada Cuaresma, la limosna aparece siempre como una posibilidad concreta para expiar nuestros pecados personales y los del mundo.

Pidamos que nunca nos falte la luz de lo alto para ir conociendo lo que nos permite crecer en la vida cristiana.




Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista”. En Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el XI domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 13 de junio de 2010. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com/; www.nuevoencuentro.com.ar/tomasmoro; http://grupouniversitariosanignaciodeloyola.blogspot.com.-


9 de junio de 2010

“El Corpus Christi, misterio de amor entregado y compartido”


El domingo pasado al tratar de comprender el misterio de la Santísima Trinidad, recordaba que el Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de María Santísima, para ingresar a nuestra historia humana. Hoy en la fiesta del Corpus, la Iglesia quiere centrar nuestra atención sobre esta permanencia de Jesús entre nosotros, aunque Él en cuanto Hijo, habita con el Padre. Es el Emmanuel –Dios con nosotros- que hemos celebrado en la Navidad. El mismo Jesús que en su vida pública compartió con el hombre, y que en su muerte y resurrección nos tuvo presentes, sigue estando entre nosotros. Y lo hace a través de este sacramento admirable, el de la Eucaristía.
“Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo para que quien crea en Él, tenga vida eterna” nos recuerda el mismo Jesús (Juan 3, 16).
Y el Hijo amado del Padre permanece en este sacramento para acompañarnos hasta el fin de los tiempos.
Bajo las especies eucarísticas de pan y vino, a través del misterio de la transubstanciación en la misa, se queda con nosotros a lo largo de nuestra vida temporal, para nutrirnos con su presencia, para ser nuestro alimento permanente, para ir fortaleciéndonos en medio de las dificultades de la vida. De este modo, nutridos por Él mismo, podemos caminar en este mundo ansiando la plenitud del encuentro con Dios, en la que creemos.
La presencia viva de Jesús en la que creemos, implica adelantar en el tiempo por el sacramento, la unión divina prometida para la vida eterna.
Cristo se nos presenta además en la liturgia de este domingo como el sacerdote del Señor, aquél que viene a hacer de puente entre el Padre y cada uno de nosotros.
Sacerdocio de Cristo que fue anticipado en el Antiguo Testamento tal como lo acabamos de escuchar en el libro del Génesis (Gen. 14, 18-20) cuando este sacerdote Melquisedec del cual la biblia no refiere a su origen, ni a su fin, ni a su genealogía, aparece sorpresivamente en la vida de Abraham.
Ofreciendo a Dios un sacrificio de acción de gracias, de pan y vino, se constituye así en un anticipo del sacerdocio de Cristo.
La carencia de referencias sobre Melquisedec establece un precedente de quien vive con el Padre un presente eterno, el Hijo, hecho carne para ejercer entre nosotros su sacerdocio eterno.
Cristo Jesús como sacerdote, no sólo hace de mediador entre nosotros y el Padre, prolongándose en el tiempo a través del ministerio del orden sagrado, sino que se ofrece Él mismo perpetuamente como sacrificio de alabanza al que lo envió y, como alimento para quienes lo recibieron. De allí que permanezca con nosotros por este sacramento, el del amor divino.
El apóstol Pablo (1 Cor. 11, 23-26) nos transmite lo que a su vez él había recibido, cómo Jesús en la última Cena nos deja su Cuerpo, su Sangre, su Vida, todo lo suyo, para que nosotros pudiéramos seguir uniéndonos a Él.
Pero, al mismo tiempo deja a los discípulos la misión: “Hagan esto en memoria mía”. Es decir a través de la historia repitan este gesto –está indicando- para que nunca falte el alimento para el alma, este alimento que da la Vida eterna, y que Jesús anticipa en su vida en diversos momentos, con ocasión de la multiplicación de los panes y de los peces.
El texto de hoy (Lc. 9,11b-17), nos habla precisamente de una de estas manifestaciones sígnicas por las que el Señor se nos entrega generosamente.
En efecto, comprobada la fragilidad de la naturaleza humana y la limitación de la consecuente acción, en el “no tenemos pan para dar de comer a todos”, Jesús actúa. Y los cinco panes y dos pescados –manifestación de la pequeñez humana- son multiplicados por Él.
El Señor lo que pide siempre es que le entreguemos algo de nosotros mismos, lo que podamos, pero con generosidad, y Él hará que esto tenga un efecto multiplicador y pueda llegar a todos.
Por eso, el mismo Cristo nos sigue diciendo “denles de comer ustedes”.
O sea, poner de nuestra parte lo mejor, lo máximo, para que Él haga multiplicar los dones que ofrecemos y entregamos, tanto del orden material como del espiritual.
En referencia a esto, hoy por la mañana, les decía a los papás que recibieron el libro de la Palabra de Dios para entregarlo a sus hijos que comenzaron la catequesis este año, que también para ellos viene la invitación del Señor “denles de comer ustedes”.
Y esto porque son los padres quienes han de dar de comer a sus hijos el pan espiritual de la transmisión de la fe recibida. Lo poco que realicen los papás en este sentido, será multiplicado por la acción del Espíritu que fructificará generosamente en el corazón de los niños.
Nos dice el texto del evangelio proclamado, que Cristo, al darse a los hombres, a través de los panes y de los peces, produjo que quedaran todos satisfechos.
Esta gente estaba hambrienta, no tenían lugar donde reposar su cabeza, venían de lejos, estaban escuchando al Señor con alegría, pero necesitados de plenitud, aunque quizás no lo supieran.
Tenían esa hambre y sed de Dios que sólo Él puede satisfacer plenamente.
De allí la necesidad de buscarlo a Jesús. La gran trampa que se hace hoy el ser humano es querer cubrir la sed y hambre de lo infinito a través de las cosas, de lo material, de los éxitos de cada día, de lo mundano.
Y la experiencia nos enseña que lo material y perecedero nos deja tan vacíos como antes.
Corremos todos los días tras las cosas para sentirnos más felices y más plenos y, sin embargo nunca alcanzamos la meta porque el único que satisface plenamente el corazón del hombre es el mismo Cristo. Por eso les da de comer, nos da de comer, hasta saciarnos.
Queridos hermanos, la invitación que nos hace hoy Jesús, consiste en que nos esforcemos para poder recibirlo a Él.
Como el hombre es capaz de muchos sacrificios para obtener el alimento que perece, trabajemos también nosotros por alcanzar una vida de interioridad profunda recibiéndolo a Jesús, alimentándonos con Él, para nutrir nuestra existencia en medio de las vicisitudes de cada día.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en la misa vespertina del Corpus Christi, ciclo “C”. 06 de junio de 2010. ribamazza@gmail.com; http://grupouniversitariosanignaciodeloyola.blogspot.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com.ar/provida.-

3 de junio de 2010

La presencia de la Santísima Trinidad en nuestras vidas.


Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Santísima Trinidad que constituye el núcleo de nuestra fe católica. Hablar de la Santísima Trinidad no siempre es fácil ya que siendo un misterio de fe sólo la inteligencia humana elevada por este don sobrenatural puede alcanzar a vislumbrar que en una naturaleza divina subsisten tres personas, la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo. Tres personas iguales en dignidad pero distintas en cuanto se manifiestan como Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Misterio de fe que si bien es incomprensible a nuestra pobre inteligencia humana, sin embargo se va develando mientras al mismo tiempo se oculta.
Eso sí, nos puede acercar a la intimidad de este misterio, el reflexionar sobre lo que es cada uno de nosotros, ya que nos enseña la Palabra de Dios fuimos creados a imagen y semejanza de Dios.
Pues bien, en cada uno de nosotros encontramos como vestigios de la presencia de la Trinidad, ya que cuando hacemos algo que proviene de nuestra interioridad estamos expresando de alguna manera el ser divino.
En efecto, antes que se lleve a cabo la obra de arte que surge de las manos del artista, o la artesanía que crea el artesano, o la intervención quirúrgica realizada por el médico en beneficio del prójimo, o cualquier otra actividad buena que realice el hombre como creatura de Dios, la misma está presente en su pensamiento. Y una vez realizada la obra sigue residiendo el pensamiento humano en ella como su idea original y originante.
Sucede análogamente a lo que describe el libro de los Proverbios en la primera lectura (Prov.8, 22-31). El texto destaca que la Sabiduría de Dios estaba presente antes de la creación del mundo, y cuando afirma que fue creada desde la eternidad refiere a que fue engendrada, presente desde siempre junto a Dios, ya que se trata del mismo Hijo de Dios, anticipado de alguna manera en el Antiguo Testamento.
Ya el libro del Génesis –en sintonía con el libro de los Proverbios- cuando el relato de la Creación, repetirá invariablemente que Dios “dijo” y, fueron llamadas a la existencia todas las cosas, con lo que el pensamiento del Padre, hecho Palabra suya, se plasma en las obras.
Antes de la creación del mundo existía la Sabiduría, y una vez llamada a la existencia la realidad temporal, está presente la Sabiduría regocijándose ante lo creado, como nosotros nos alegramos ante la presencia de las obras realizadas que nos enaltecen y nos hacen presentes ante el mundo.
Y Dios sigue revelándose a través nuestro incluso por medio de la palabra. ¿Qué es la palabra? Es el medio al que recurrimos para exteriorizarnos ante los demás. También nos damos a conocer a través de signos y gestos, pero fundamentalmente con la palabra. Por la palabra descubrimos nuestro interior, pero también lo ocultamos. Se da un permanente develamiento de nuestro ser profundo pero al mismo tiempo ocultamiento, porque nunca nos damos a conocer totalmente. Y esto porque el ser humano es misterio que participa del misterio divino. Por eso nosotros decimos en tono coloquial que nunca acabamos de conocer al otro o de entendernos a nosotros mismos, porque somos misterio.
A través del lenguaje participamos nuestra interioridad, pero también la ocultamos, porque el misterio que es cada uno de nosotros es incomunicable, señalando así la imposibilidad por ser cada uno persona, de revelar plenamente lo sagrado misterioso que somos y poseemos.
En Dios se da esta manifestación de su interioridad a través de la Palabra. Así llama al Hijo de Dios San Juan en el prólogo del cuarto evangelio.
Pero Dios hace, que esa su Palabra, se haga hombre en el seno de María, ingrese en la historia humana, porque su delicia es “estar con los hijos de los hombres” (Prov. 8,30). Y justamente a través de Jesús, que es el Hijo de Dios hecho hombre, la Palabra viva del Padre, vamos entrando poco a poco en la intimidad de Dios.
Ese Dios que se descubre pero que se oculta, ya que nunca lograremos conocerlo plenamente, ni siquiera en la Vida Eterna, ya que allí lo veremos cara a cara pero al modo humano, es decir, según la capacidad posible al hombre. Imposible ver a Dios como Él se conoce ya que nuestra inteligencia es incomparablemente inferior como para poder tener acceso a la infinitud divina, pero que es suficiente para completarnos según nuestra capacidad de “verlo cara a cara”.
Pero Dios se muestra también como Amor. El amor entre el Padre y el Hijo en una contemplación eterna, presencializa al Espíritu Santo.
Al mismo tiempo, ¿qué es lo que el ser humano puede mostrar como lo más hermoso de sí mismo? El amor. Ese vocablo que tiene cabal importancia en la vida del hombre, aunque haya que purificar tanto en el presente, ya que el amor se confunde muchas veces con egoísmo, individualismo, búsqueda de uno mismo, faltando esa apertura hacia Dios y hacia las otras personas.
El amor de Dios Padre que se manifestó en la Creación y a través de la muerte y resurrección de su Hijo hecho hombre, se desborda derramándose en el interior del hombre para santificarlo, por medio del don del Espíritu.
De allí que el ser humano ha de luchar permanentemente para que el amor orientado a Dios y a los demás se vaya clarificando, de modo que cuanto más el hombre se purifica en su capacidad de amar, en el amor de Dios, más se realiza como persona y por el contrario cuando ese amor está contaminado se vive en la soledad más profunda, por no ser una prolongación del amor de Dios.
La Santísima Trinidad como misterio, pues, se acerca a nosotros. Cuanto más el hombre reflexiona sobre sí mismo va encontrando en su interior esos vestigios de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, ya que fuimos creados a su imagen y semejanza.
¿Cómo ejercen la paternidad de Dios los padres en el seno de la familia? A través de la providencia. Como Dios es providente y cuida de sus creaturas, el ser humano prolonga en el tiempo la Providencia de Dios cuando busca el bien de los que se le confían, de los que están más cerca de él.
¿Cómo manifiestan las personas o cómo perfeccionan y continúan en el tiempo al Hijo? Cuando somos capaces de entregarnos hasta entregar la vida por Dios y los demás. Tenemos la experiencia que lo que cuesta, lo que es arduo se aprecia más, porque uno ha muerto a sí mismo para entregarse generosamente a la obra alcanzada. El ejemplo de Cristo es una invitación al hombre para prolongar en el tiempo idéntica vocación de entrega.
El Espíritu Santo que se derrama abundantemente en nosotros nos permite vivir en el misterio del Amor divino. Amor que rompe las barreras que dividen los corazones humanos y causa la unidad por el mismo Espíritu. Aún en medio de las diferencias que pueden existir entre las personas, cuando el fin es el mismo para todos, –Dios y el prójimo-, el Espíritu causa la unidad en una misma familia de creyentes.
En definitiva, la Trinidad de personas en la misma esencia divina, va impulsando nuestro corazón por medio de la esperanza –nos dice San Pablo en la segunda lectura (Rom. 5, 1-5)- de tal manera que caminamos por este mundo ansiando la plenitud que promete el encuentro con Dios.
Por eso el corazón humano aunque esté rebosante de cosas y de éxitos, nunca está satisfecho hasta que se encuentra con su Señor.
El que cada hombre haya sido creado a imagen y semejanza de Dios es un llamado permanente a encontrarlo a Él algún día.
Hermanos: Caminemos por este mundo tratando de hacer presente y de afianzar nuestra relación con el Padre reconociéndolo siempre como tal, ya que me ama y busca lo mejor para mí. Consolidemos nuestro trato con Jesús para que nos enseñe a vivir teniéndolo siempre a Él como camino que nos conduce al Padre. Unámonos más al don del Espíritu para que nos ayude a vivir en unidad y que por él hagamos presente en el mundo el amor que viene de Dios.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía del domingo de la Santísima Trinidad, Ciclo “C”, 30 de mayo de 2010. ribamazza@gmail.com; http://grupouniversitariosanignaciodeloyola.blogspot.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.como.ar/tomasmoro.-